El inicio de las operaciones aliadas en Libia dejó más incertidumbres que certezas.
Las fantasmales imágenes de color verde que recuerdan los comienzos de las operaciones militares en Irak y Afganistán vuelven a hacer su aparición en las pantallas de televisión, señalando una vez más el inicio de una operación militar occidental contra una país musulmán. El objetivo esta vez es el líder libio Muamar Gadafi, quien hace unos días parecía estar casi derrotado y confinado a su búnker en Trípoli, pero lanzó una fuerte contraofensiva contra los rebeldes que habían ocupado varias ciudades en la costa mediterránea y ya los tenía en la mira en Bengasi, bastión opositor. La operación “Odisea al Amanecer” comenzó gracias al “cheque en blanco y al portador” girado por el Consejo de Seguridad de la ONU a través de la resolución 1973, con la que se pretendía “establecer la zona de exclusión aérea” y “proteger a los civiles”. Al portador, porque cualquier estado miembro de la ONU puede unirse a los ataques al país norafricano. En la práctica serán una vez más EE.UU., Francia e Inglaterra los que lleven a cabo las operaciones militares y serán sus comandantes los que tomen las decisiones sobre el futuro inmediato de Libia. Pero más se demoraron los aviones franceses en comenzar los bombardeos, que las críticas en lloverle a la operación, incluso por parte de quienes apoyaron la resolución 1973, lo que demuestra la ambigüedad de la misma y las diferencias de interpretación y de intereses en juego. La Liga Árabe y la Unión Africana, proponentes de la resolución en el Consejo de Seguridad, ya condenaron los ataques, al igual que Rusia y China, países que pudieron haberla vetado pero no lo hicieron. Es obvio que los líderes chinos y rusos se frotan las manos viendo a Occidente una vez más empantanado en una operación militar, lo que podría explicar, maquiavélicamente, la no utilización del veto. El comandante de las fuerzas americanas, almirante Mike Mullen, anunció que ya quedaba establecida y asegurada la zona de exclusión aérea sobre Libia. Lo que en otras palabras quiere decir que ya no se considera posible un asalto de las fuerzas de Gadafi a Bengasi. En consecuencia se puede entonces asumir que ninguna de las partes en contienda, Gadafi o los rebeldes, está en capacidad de derrotar a la otra, llevando a la confrontación hacia un punto muerto. ¿Y ahora qué sigue? Si ya se estableció la zona de exclusión aérea, ¿cuál es el siguiente objetivo de la operación militar? ¿Hasta dónde llegará el involucramiento de esta coalición en lo que es en esencia una guerra civil en Libia? ¿Cuál es el objetivo político de la operación? ¿Derrocar a Gadafi —lo que implicaría un fuerte y sostenido apoyo a los rebeldes o tropas de la coalición en el terreno— o forzar una negociación a lo Dayton? Y en caso de que Gadafi cayera, ¿qué planes tiene esta coalición para el futuro del país y evitar la anarquía en un prolongado conflicto tribal, que además podría convertirse en caldo de cultivo para el radicalismo islámico? ¿Cómo va a asegurar esta coalición que Libia no se convierta en una Somalia? Francia, Estados Unidos e Inglaterra, con la colaboración simbólica de otros países, incluyendo estados árabes del golfo, se embarcaron en una aventura militar con un muy incierto desenlace político. La “odisea” seguirá siendo para el pueblo libio, al que no le espera un pronto ni promisorio “Amanecer”.