Con sangre estamos aprendiendo la geografía de la República Siria. Hama, Homs, y Hula hacen parte de la tragedia infame en que se ha convertido la primavera para el pueblo sirio, que cuenta ya más de 13 mil muertos desde que hace un año estallaron las revueltas en la población de Deraa, fronteriza con Jordania.
Lo que comenzó como una protesta por derechos básicos ha degenerado en un complejo conflicto geopolítico regional y en una fragmentación étnica y religiosa de la sociedad siria que ha impedido la formación de una oposición coherente y unida contra el régimen alauita de Bashar al Asad, quien aún cuenta con apoyo de grupos minoritarios del país.
En entrevista publicada por al diario israelí Haaretz, un general que desertó de las fuerzas del Ejército Sirio Libre indicó que Al Asad recibe ayuda directa de Irán, Hezbolá y las milicias chiitas iraquíes de Muqtada al Sadr, además del blindaje diplomático ruso. Las fuerzas opositoras reciben apoyo financiero y militar de Qatar y Arabia Saudita y tienen su base de operaciones en Turquía. Se agrega al coctel la posible presencia de grupos jihadistas y de Al Qaeda, en especial el frente Al Nusra, que ha asumido la autoría de varios atentados en la capital.
Las potencias occidentales fuera de condenar la matazón no han podido convencer a sus pares ruso y chino en el Consejo de Seguridad de llevar a cabo algún tipo de acción contra Al Asad, y lo único que hay es el moribundo plan de paz de la Liga Árabe y Naciones Unidas liderado por el exsecretario del organismo Kofi Annan, plan de alcance limitado y nulos resultados a la fecha. No se vislumbra una solución política pues todas las líneas rojas han sido rebasadas por la brutalidad del régimen, impidiendo que pueda iniciarse una negociación con la muy fragmentada oposición, que incluye en sus filas a la Hermandad Musulmana, exiliados, comunistas, nacionalistas árabes y organizaciones locales.
Al Asad ha logrado llevar el conflicto al terreno de su elección, una cuasi guerra civil donde puede justificar el desaforado uso de la fuerza contra la población. Nadie puede darse el lujo de perder. Si Al Asad cae, Irán pierde su aliado en el mundo árabe y de carambola reduciría significativamente su influencia en Líbano y en Irak. El movimiento palestino Hamás ya desertó del campo sirio-iraní y se plegó a sus hermanos suníes. Si Al Asad prevalece, Arabia Saudita y el mundo árabe suní van a enfrentar a un envalentonado Irán que apoya a minorías chiitas y a otros grupos radicales. Geopolíticamente es demasiado lo que está en juego.