A pesar de las similitudes, cada Estado de la región es diferente y así serán las soluciones.
Desde hace años, bajo la superficie del estancado mundo árabe viene fermentándose esta épica explosión social que sin lugar a dudas concluirá con grandes cambios y marcará un hito en la historia de la humanidad. Sin embargo, a pesar de las similitudes, insurrecciones populares contra regímenes despóticos, longevos, autoritarios, corruptos, nepotistas, faltos de libertades individuales y violadores de los derechos humanos, son muchas las diferencias entre país y país. Cada Estado árabe tiene su propia problemática, sus conflictos internos, estructura de poder, patrones culturales, historia, situación económica, más pobreza unos que otros y alianzas internacionales, por lo que el desenlace de la actual crisis será diferente en cada uno. En Túnez, donde la historia dirá que comenzó todo con la caída de Zine el Abidine Ben Alí, se estableció un gobierno de transición de políticos y tecnócratas, sin mucha legitimidad, con el mandato único de establecer un sistema democrático en el país donde continúa el conflicto entre los rezagos del antiguo régimen y los clamores de cambio de la población. No está nada claro qué rumbo seguirá Túnez en los próximos meses. En Egipto, el gran ancla del mundo árabe, cayó Hosni Mubarak, pero el régimen sigue en pie, sostenido por el Ejército, que desde 1952 ha detentado el poder. La transición hacia la democracia en Egipto depende de qué tanto poder los militares están dispuestos a ceder a la nueva sociedad civil surgida en Tahrir, la cual carece de líderes populares visibles y la que una vez derrocado el faraón se fraccionará en diversos grupos ideológicos y de interés, cuyas diferencias entorpecerán el proceso de redactar una nueva Constitución política, favoreciendo así al Ejército que intentará mantener sus privilegios económicos. Ubicado geográficamente entre Egipto y Túnez, Libia, donde el coronel Muamar Gadafi lucha por su supervivencia y la de su régimen de 42 años, enfrenta una realidad absolutamente diferente, pues la probable caída del dictador generaría un vacío de poder y la posibilidad real de una guerra civil y el desmembramiento del país a lo Somalia. En Libia no existen instituciones estatales como en Túnez o Egipto y las lealtades tribales están en muchos casos por encima de la identidad libia como nación. La revuelta se da en un país que ha gozado de significativos avances sociales y económicos debido a su riqueza petrolera, donde el analfabetismo ha sido erradicado y no existen los niveles de pobrezas de sus vecinos. No hay claridad sobre quiénes son los líderes de la revuelta en Libia y posiblemente en cada ciudad y región son grupos diferentes identificados con la antigua monarquía, islamistas o tribus locales. En el momento de escribir estas palabras es incierto el resultado que tendrá la carnicería que parece estar desatando Gadafi contra su gente. Jordania y Marruecos, dos monarquías liberales y paternalistas, han visto a su población unirse a la ola de protestas exigiendo mayores libertades. Por ahora, los monarcas no parecen estar en peligro, pero las reformas exigidas no dan espera. Al otro lado de la geografía árabe, las monarquías del Golfo padecen el terremoto que amenaza con destronar a reyes y emires. En Bahréin, el pequeño reino en el Golfo Pérsico, con su desproporcionada importancia geopolítica y el 70% de población musulmán chiita, se ha instalado una tensa calma, mientras que en la Plaza de la Perla en el centro de su capital, Manama, permanecen centenares de manifestantes, que exigen cambios en este país regido por sus “dueños”, la dinastía sunita Al Jalifa, desde 1783. En Arabia Saudita, la gran potencia regional, el mayor productor de crudo en el planeta, líder del mundo árabe sunita, aliado de Occidente —miembro del G20— donde el 20% de la población es chiita, igualmente reprimida y marginada, la familia real debe tener a sus temibles servicios de seguridad en máxima alerta para evitar que la epidemia revolucionaria llegue a sus costas. El régimen saudita podría también considerar una intervención en Bahréin o Yemen, si lo estima vital para preservar a estos regímenes aliados y evitar un desmoronamiento del orden estratégico regional. Al otro lado del golfo, el régimen iraní de Jamenei y Ahmadineyad no ha podido estabilizarse desde las fraudulentas elecciones de junio de 2009. Las calles se llenan de manifestantes que son atacados de manera brutal por la Basij y los servicios de seguridad, restándole cada vez más legitimidad al régimen, en el interior del cual ya hay graves fracturas. Después de 30 años de la revolución, la república islámica se tambalea producto de la desigualdad social y regional y el radicalismo de sus actuales líderes, que choca con los objetivos de la insurrección de 1979. Oriente Medio irrumpe en una era de grandes e inciertos cambios, que no serán de un día para otro sino que se llevarán buena parte de la década que ahora comienza. Una democracia, no al estilo occidental, sino producto de la cultura, historia y religión, deberá surgir en estas tierras en los años venideros. Los partidos islamistas desempeñarán un rol importante, pero para prevalecer políticamente deberán amoldarse a la nueva sociedad árabe del siglo XXI: intercomunicada, tecnológica, urbana, participativa, igualitaria y, por encima de todo, empoderada. Será una región donde Estados Unidos y Occidente tendrán mucha menos influencia y donde el eterno conflicto palestino israelí deberá encontrar una solución, si no negociada, impuesta por la fuerza por la comunidad internacional, pues no habría nuevo Oriente Medio sin este conflicto resuelto. * Analista experto en Oriente Medio