Más de 190.000 muertos, según la ONU, ha dejado la guerra civil en Siria, la gran mayoría civiles asesinados por el régimen de Bashar al Asad, quien tras casi cuatro años de conflicto se mantiene aún en el poder gracias, entre otros, a las insalvables divisiones entre los opositores a su gobierno y a la crucial ayuda que ha recibido de Irán y la milicia chiita libanesa Hizbolá.
Unos 6 millones de desplazados internos, 3 millones de refugiados en países vecinos y ciudades como Alepo y Homs en ruinas complementan el panorama.
Aunque al poco tiempo de comenzadas las revueltas en 2011 se daba casi por descontada la caída de Al Asad, el presidente sirio ha demostrado una excepcional capacidad de supervivencia, navegando como pez en el agua en la turbulenta geopolítica regional, manteniendo el apoyo incondicional de Rusia, demonizando como terroristas a la oposición, sembrando miedo al cambio en las comunidades minoritarias: la alauita a la que pertenece, cristianos y drusos, colaborando con unos grupos opositores contra otros y explotando para su beneficio la guerra fratricida entre suníes y chiitas que azota el Levante.
Al Asad ha perdido el dominio de más de un tercio del territorio del país. En la región kurda colindante con el Kurdistán iraquí, que de facto es independiente, algunas zonas se encuentran bajo control del frente Al Nusra (filial de Al Qaeda) y el poderoso Estado Islámico ocupa grandes extensiones al norte del país, fusionadas con los territorios que en los últimos meses ha conquistado en Irak. Los primeros rebeldes, desertores del ejército sirio, nacionalistas árabes suníes moderados, prácticamente han desaparecido del escenario, aniquilados por las fuerzas de Al Asad y los islamistas.
Una de las movidas estratégicas más brillantes de Al Asad, impuesta por su amigo Putin, fue la destrucción del arsenal químico tras el ataque al suburbio capitalino de Ghouta que dejó 1.500 muertos, con lo que contuvo un posible ataque de Estados Unidos, a la vez que descartaba la eventualidad de que estas armas cayeran en manos de radicales.
El surgimiento del Estado Islámico ha generado una alianza de intereses entre actores, algunos de los cuales son implacables enemigos: Irán, Estados Unidos, Hizbolá, Israel, Arabia Saudita, Rusia, Turquía y por supuesto Al Asad.
La amenaza que constituye el Estado Islámico para la región ha colocado a Estados Unidos y a Occidente en una incómoda posición: del mismo lado que Bashar al Asad. Obama, que no intervino para derrocar al régimen sirio, ahora lo haría para salvarlo junto con Hizbolá e Irán.