El conflicto en Siria ha trascendido todos los calificativos que a través de estos dos años se le han adjudicado y a medida que el tiempo transcurre evoluciona de una fase a otra más compleja y sangrienta, ante la impávida mirada de una paralizada comunidad internacional.
Comenzó con unas protestas pacíficas de unos padres de familia en la localidad de Dera, contenidas a bolillo por las autoridades, y siguió con manifestaciones masivas por mayores libertades democráticas en Alepo y Damasco, reprimidas a bala por el régimen, que de esta forma cerraba los espacios a la protesta pacífica.
Vino entonces el comienzo de la insurgencia armada, liderada principalmente por oficiales desertores, quienes fundaron el Ejército Libre Sirio al que se sumaron rebeldes con reivindicaciones regionales. A los pocos meses los diferentes grupos controlaban casi la mitad del país.
El régimen escaló entonces la violencia, sacó los cazas a bombardear ciudades y aldeas, la cifra de muertos y refugiados crecía exponencialmente. Mientras tanto la comunidad internacional se vacunaba contra la calamitosa crisis que a su paso dejaba el conflicto.
Aparecieron luego los yihadistas suníes que vieron en el colapso del Estado una gran oportunidad y a través de la porosa frontera con Irak se unieron a la yihad contra el régimen chiita de Al Asad. Hay versiones creíbles que lo acusan de facilitar la acción de estos grupos para dividir y desprestigiar a la oposición.
A los pocos meses Siria se convirtió en el tinglado del épico conflicto geopolítico que tiene lugar en la región entre Irán y el mundo árabe suní encabezado por Arabia Saudita. Teherán se la juega toda por Al Asad, le envía toneladas de pertrechos y ordena a la milicia libanesa chiita Hizbolá combatir junto a sus fuerzas.
Arabia Saudita, Catar y Turquía, por su lado, arman a los rebeldes, pero no a todos. Otra tanto hacen Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Rusia mantiene su incondicional apoyo al régimen al que ha protegido con un paraguas diplomático que paralizó al sistema internacional.
Hoy Estados Unidos y Al Qaeda están del mismo lado, al igual que Israel y Arabia Saudita; Al Asad firme en el poder e Irak y Líbano arrastrados al pantano de la guerra sectaria entre chiitas y suníes. El Consejo Nacional, Sirio autoproclamado representante de la oposición y reconocido por la Liga Árabe y algunos países, se encuentra irremediablemente dividido, no congrega a todos los grupos combatientes y su apoyo por parte de la población es cuestionable.
Tras dos años las alternativas son todas malas. Al Asad y los yihadistas observan nerviosos al cielo. Si Obama decide atacar debido al uso de armas químicas, el conflicto podría escalar a una nueva fase más sangrienta, incierta y anárquica. Lo mismo podría ocurrir si no ataca.