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Una liga sospechosa

17 de marzo de 2011 - 10:30 p. m.

La suspensión de Libia de la Liga Árabe, el llamado para que se establezca una zona de exclusión aérea sobre ese país y los pronunciamientos condenando a su líder Muamar Gadafi tienen un penetrante vaho de oportunismo y una altísima dosis de hipocresía.

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En la redonda mesa de debates de la Liga Árabe, en su sede ubicada en la ya famosa plaza de Tahrir en El Cairo, tienen asiento líderes de 22 países árabes entre longevos dictadores y una pléyade de reyes, emires y sultanes que más que presidentes son “dueños” de sus países. Violadores consuetudinarios de los más básicos derechos humanos, varios de ellos enfrentando revueltas populares que están siendo reprimidas de manera violenta, Estados que se caracterizan por insoportables niveles de corrupción, nepotismo, falta de oportunidades, restricciones a la libertad de prensa. Regímenes, con la excepción del democrático Líbano, soportados en sus temibles servicios de seguridad, los Mukhabarat.

La Liga Árabe, fundada en El Cairo en 1945, ha sido un organismo absolutamente  ineficaz e incompetente. Su actual secretario general, Amr Moussa, el Insulza árabe, pretende llegar a la presidencia del nuevo Egipto. Siempre plagada de divisiones internas, pocas veces ha habido acuerdo entre sus miembros en asuntos sustanciales de política internacional y no ha sido más que un simple espectador de los acontecimientos que han ocurrido en el mundo árabe en las últimas décadas.

Una de sus decisiones más controversiales se dio en 1978, cuando Egipto fue expulsado por haber firmado un acuerdo de paz con Israel y su sede trasladada a Túnez hasta 1989, cuando Egipto vuelve a la Liga y su sede a El Cairo. Sólo el apoyo retórico a la causa palestina ha unido a sus miembros. Sus cumbres, en muchas ocasiones boicoteadas por uno u otro líder, no producen más que sombrías fotografías y pueriles comunicados.

Cuando al final de la Primera Guerra del Golfo el dictador Iraquí Sadam Husein bombardeó a sus minorías kurda y chiita con armas químicas, causando miles de muertos, no fue sancionado por la liga, como no lo fue Hafez Assad, padre del actual dictador de Siria, cuando en 1982 arrasó la ciudad de Homa para acabar con la Hermandad Musulmana asesinando entre 20 mil y 40 mil personas. Tampoco han suspendido al dictador sudanés Omar al Bashir, quien tiene más de 300 mil muertos en su cuenta personal por las masacres en Darfur y contra quien pesa una orden de arresto proferida por la Corte Penal  Internacional.

¿Por qué se ensañan entonces ahora con el coronel Gadafi? ¿Por qué de repente se escandalizan los mandatarios árabes por la muerte de civiles? ¿Por qué no sancionan igualmente a Yemen, Bahréin y Argelia, donde decenas de manifestantes han muerto en las actuales revueltas? ¿Por qué no condenan la intervención de fuerzas saudíes en Bahréin contra manifestantes pacíficos? Porque la Liga Árabe simplemente se hunde más en su total intrascendencia.

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