No se fue Hosni Mubarak, pero en lo que parece ser una transición ordenada, donde el ejército es el que mueve los hilos, entregó los poderes presidenciales al general Omar Suleiman, exjefe de los servicios secretos egipcios, confidente del cuestionado mandatario y amigo de Washington.
Con esta movida el régimen, además de evitar un vacío de poder, busca controlar el proceso de transición y mantener cierta estabilidad, mientras que avanza el largo camino hacia el sistema democrático, pluralista e incluyente exigido por las protestas. Sigue el pulso, pues parecería dudoso que la decisión de Mubarak satisfaga a los manifestantes, cuando su principal exigencia ha sido precisamente su retiro del poder y salida del país. Para que esta jugada sea exitosa para el régimen, se debe poner fin a las manifestaciones, por lo que el ejército está llamado a desempeñar un papel protagónico, asumiendo que el estamento militar apoya la decisión de Mubarak de irse, pero quedándose. Si las protestas callejeras continúan creciendo en participación y fuerza, es poco lo que podrá hacer Suleiman para dirigir la transición sin tropiezos. Si, por el contrario, las manifestaciones amainan por obra de la represión o porque ya los manifestantes están convencidos de que han logrado lo máximo en estas circunstancias, el régimen habrá ganado el pulso y la transición será controlada por quienes actualmente detentan el poder y por los líderes opositores que acepten negociar con la baraja algo cargada. Sigue la incertidumbre. Es mucho lo que han logrado los manifestantes, incluida la derogación de algunos de los más polémicos artículos de la Constitución actual y la certeza de que el clan Mubarak ha llegado a su fin, ya sea en un mes o en septiembre, cuando tengan lugar las elecciones con un nuevo régimen constitucional y electoral. Si el complejo proceso para definir el futuro de Egipto arranca finalmente en las actuales circunstancias, habrá una fuerte puja de los distintos grupos para labrarse un lugar en la mesa de negociaciones, al igual que aflorarán las divisiones y diferencias tanto en el interior del régimen, como de los manifestantes y grupos de oposición. El objetivo primario es redactar una nueva Constitución democrática e incluyente. Quiénes lo harán y cómo son los más trascendentales interrogantes. Lo que finalmente resulte de la revuelta popular en Egipto tendrá profundas consecuencias en todo Oriente Medio, pero no es esto lo que anima a los manifestantes en Tahrir. Lo que ansían y por lo cual han luchado saliendo a la calle y desafiando al régimen, es su libertad, la misma que gozan millones de personas en otras latitudes y que desde la independencia de esta nación les ha sido negada. * Analista y experto en asuntos de Oriente Medio.