No son pocos los jóvenes que al ver lo que sucede en el mundo —las guerras que desplazan a los campesinos, la contaminación del aire y los ríos, y la idea de que el hombre es un lobo para el hombre— han perdido la confianza en la humanidad y se preguntan si tiene sentido tener hijos. Y muchos, quizás, se contestan con dolor que no.
Aunque tal como nos lo enseñaron en la primaria, los seres vivos nacen, se desarrollan, se reproducen y en el camino hacia la muerte se van transformando para ser mejores, nosotros los habitantes de la cultura patriarcal nos separamos de esa regla.
Decidimos vivir creyendo que nada es suficiente, que lo del vecino es mejor, que sólo vale la pena ser el que manda. Pero lo más increíble es que nos hemos identificado tanto con esta manera de entender la vida social, que terminamos creyendo que la escasez y la ambición son inherentes al ser humano.
Nos parece entonces que la guerra y las políticas de dominación y explotación son necesarias para la supervivencia de la humanidad. Renunciamos así al mejor destino al que podríamos aspirar: vivir en comunidades en donde la sabiduría y el desarrollo estén al servicio de cuidar del otro y del planeta.
¿Será que podemos abandonar nuestra arrogancia y notar que la humanidad tiene esperanzas, si recordamos que hay otras propuestas de convivencia en las que ser civilizado no es igual a desarrollo tecnológico, dominación y exclusión?
El discurso que el jefe indio Seattle dirigió al hombre blanco en 1855 cuando el presidente de EE.UU. ofreció comprarle su tierra dice: “El gran jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. También nos manda palabras de hermandad y buena voluntad.
Agradecemos el detalle, pues sabemos que no necesita de nuestra amistad. Pero vamos a considerar su oferta, porque también sabemos que, de no hacerlo así, quizá nos arrebate la tierra con sus armas”.
Y continúa: “¿Quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la Tierra? Es evidente que el hombre blanco no entiende nuestra manera de ser. Para él es indiferente una tierra que otra porque no la ve como a una hermana, sino como a una enemiga. Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y abandona (…) No sé pero nuestra forma de ser es diferente. Quizá porque soy lo que vosotros llamáis un salvaje y por eso no entiendo nada”.
Este relato nos obliga a preguntarnos hoy, 155 años más tarde: ¿Quién es el salvaje? Si nos atrevemos a declararlo, somos salvajes vestidos a la usanza del siglo XXI. Sólo si renunciamos a nuestra ambición de poder seremos capaces de construir un futuro que reciba a nuestros nietos con amor y generosidad.