Hemos sido educados para esperar que la vida ocurra de manera predecible, a tal punto que nuestra tranquilidad depende de que no haya nada inesperado.
Tan arraigada es esta dependencia, que nos parecen difíciles y peligrosos los cambios naturales de nuestro ciclo de vida, crecer o envejecer desencadenan crisis: la adolescencia sólo es rebeldía y la tercera edad deterioro. Otro tanto ocurre con los cuestionamientos y reflexiones de nuestros modos de convivencia social, aquellos que permiten cambiar la inequidad y violencia, que son vistos como ideas amenazantes de mentes raras. Desde esta premisa, tomar en las manos nuestro destino personal y futuro como sociedad, lejos de ser una acción bienvenida, parece un acto heroico. Así que, a pesar de que el cambio es ley de vida, estamos impelidos por nuestra educación y creencias a mantener el statu quo, así ni siquiera convenga. ¿Será que podemos atrevernos a ir en contra de esta premisa y reconocer que fluir con el cambio es el camino hacia el desarrollo personal o social? Desde luego, la creación de nuevas formas adaptativas que requieren abandonar las zonas de confort conlleva sensaciones de inestabilidad que se interpretan como dolorosas. Pero, de lo que no se habla es del dolor que ocurre en la costumbre, ese sufrimiento se ignora. Sostener un statu quo disfuncional con el objeto de evitar el “dolor” del cambio también duele. Por ejemplo: quedarse en una relación de pareja que no funciona, someterse pasivamente a la desintegración de las familias y al sufrimiento de hijos y cónyuges no sólo duele, además es renunciar a la oportunidad de construir un mundo amoroso y autónomo. O, estar convencidos de que la adolescencia es sólo una época imposible de manejar condena a los jóvenes a vivir en la rumba sin ningún beneficio, en lugar de disfrutar de las nuevas formas de pensamiento, de la fuerza de vida que los convierte en seres altruistas y generosos. Y más grave aún, creer que envejecer es un proceso abominable nos lleva a privarnos de la serenidad y la sabiduría del camino recorrido. Vale la pena recordar que es gracias a los que se rebelaron a vivir repitiéndose que, por ejemplo, se inventó la imprenta o se investigaron opciones para combatir enfermedades que antes devastaban la humanidad. Lo lamentable sigue siendo que los que desencadenaron estos maravillosos cambios fueron en su momento tratados con desconfianza. Abrazar lo inesperado para que la pasión y la serenidad nos habiten es la opción si queremos vivir en un mundo mejor del que conocimos al nacer.