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Colaborar antes que competir

23 de agosto de 2008 - 02:23 a. m.

Estamos tan acostumbrados a las consecuencias de vivir compitiendo que hemos llegado a pensar que es la única manera de progresar y es natural a la condición humana.

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Conocemos bien la euforia que acompaña ganar y la frustración que conlleva perder. En estos escenarios esperamos que la conocida frase: “Que gane el mejor”, refleje la honestidad de la contienda. Sólo si existe la confianza de que ganamos en franca lid conservamos la dignidad; o si perdimos en justicia, podemos lidiar con la frustración.

Sin embargo, cabe preguntar si la competencia nos conduce a vivir en una sociedad pacífica y próspera.

Sin duda, todos y cada uno de los participantes, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos, tienen méritos suficientes para estar allí y pertenecer al grupo de los mejores deportistas del planeta. Qué paradójico resulta, entonces, que muchos de ellos tendrán en su espíritu la sensación de ser perdedores, cuando de todas maneras son ganadores.

Y es que la competencia, mírenla por donde la miren, crea diferencias no siempre equitativas o sanas y, en ocasiones, más bien ficticias entre ganadores y perdedores.

La escritora Marlo Morgan, en su libro Las voces del desierto, relata su experiencia de convivencia con una comunidad que habitaba en el desierto. Un grupo de seres humanos que no tienen en la competencia una forma de vida normal y, en cambio, consideran la colaboración como el valor de mayor significación. No entienden cómo se pueden connaturalizar con situaciones en las que muchos experimentan el dolor de perder o, más grave, de vivir en condiciones de pobreza, escasez o infelicidad.

Lo claro, aunque a veces nos lo neguemos, es que al privilegiar la competencia sobre otras maneras de convivir nos alejamos de la posibilidad de lograr un mundo con igualdad de oportunidades.

Por ejemplo, en el caso de la adjudicación de una beca, puede suceder que la obtenga quien ha mostrado los mejores promedios y que, además, tuvo la oportunidad de dedicar el tiempo necesario para su preparación; pero que la pierda quien más la necesita, porque aun teniendo las mismas capacidades, precisamente por tener una situación económica más difícil, no gozó de la libertad para dedicarle suficiente tiempo a su estudio.

Aun en la competencia más sana los privilegios que la historia personal o social ya ha otorgado crean mejores oportunidades para volver a clasificarse entre los victoriosos. Crear escenarios para que todos disfruten de una vida de ganadores y gozar de la prosperidad espiritual y material son sin duda buenos antídotos para la violencia, la guerra y el dolor.

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Si en la vida diaria elegimos colaborar antes que competir, las generaciones siguientes conocerán la paz.

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