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De la euforia a lo real

03 de agosto de 2008 - 06:00 p. m.

Si al conocer a alguien sentimos una gran alegría que nos llena el futuro de colores, es posible pensar que hemos encontrado el amor de la vida y, entonces, nos enamoramos.

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Si al ver los recientes triunfos de las Fuerzas Militares sentimos un gran optimismo y suponemos que el porvenir es color de rosa, lo más probable es que también nos estemos “enamorando”.

Hay quienes creen que este encantamiento es un estado de locura en el que sólo se ve lo que se quiere ver. En esta circunstancia las emociones anulan el principio de realidad y nos hacen idealizar las posibilidades personales o sociales que estemos viviendo.

Con tal condición mental creemos que  alcanzaremos una relación estable y apasionada, o la prosperidad en medio del conflicto. Nos convencemos de que nunca estuvimos tan cerca de nuestros objetivos, que no habíamos conocido a nadie tan maravilloso ni tenido un triunfo comparable.

Pero los acontecimientos se desenvuelven y la situación revela su complejidad, la pareja muestra sus debilidades, el proyecto se estrella contra la realidad y nos exige lo inimaginable o peor, los enemigos se apertrechan y desarrollan estrategias más agresivas.

Podemos perder la fe y abandonar el terreno. O también trascender la euforia, evaluar de nuevo las posibilidades. Entonces, si la situación lo amerita, sostener la confianza, y si no es así lo apropiado es renunciar. ¿Será que podemos salir de las euforias hacia la realidad y encontrar la acción correcta?

Depende en gran medida de que nuestra necesidad de sentirnos enamorados no sea la condición para encontrar el sentido de la vida. Hace tiempo un joven me decía: “Estoy decaído y desilusionado. Nada, ni nadie me interesan”. Explicaba: “Soy muy hábil para las actividades que he iniciado y podría ser muy exitoso, pero soy muy apasionado y no quiero hacer nada que me aburra y menos vivir con alguien de quien no esté enamorado”.

Le pregunté: ¿Sólo puedes conectarte con la vida cuando estás en la montaña rusa del enamoramiento? Claro, acaso hay otra manera de vivir. “No hay vida fuera del enamoramiento”, contestó. No podía llegar a la realidad ni construir acciones correctas porque el enamoramiento era su meta más importante y no un mecanismo para dotar de energía las acciones.

De otro lado está un joven que me decía: “Estoy creando un proyecto educativo para niños que podría ser una respuesta a la inconciencia frente al cuidado de la naturaleza. Aunque me encanta, a veces son más las dificultades que el placer. Pero, al final me doy cuenta de que tiene sentido”. Este hombre podía mantenerse en su ruta de vida porque prescindía de sentirse enamorado permanentemente, lo importante era que la experiencia tuviera sentido.

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Podemos salir de las euforias hacia el encuentro con realidad cuando el logro no dependa del enamoramiento, sino del sentido. Sólo así conoceremos un futuro en el que nuestros valores privilegien lo esencial a lo efímero.

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