Es frecuente que cuando alguien termina una relación afectiva o laboral, los amigos y familiares comenten: Pero, ¿qué pasó? Si su ex cónyuge o su exsocia se ve tan buena persona. Y seguramente estaremos de acuerdo: en efecto, ese no es problema, lo difícil es la convivencia.
Lo que sucede es que en la cotidianidad, las mutuas expectativas acerca de la relación constituyen una propuesta de sentido de vida que ha de convertirse en la ocasión para negociar, hacer acuerdos o declarar incompatibilidades. Y si el enamorado o la socia es persona correcta, ello será suficiente para que la convivencia funcione. Pero nos toma por sorpresa que luego, en la cotidianidad, las lunas de miel se tornen en lunas de hiel.
Resolver los conflictos que resultan de la existencia de diferentes perspectivas sobre la manera de hacer las cosas, de tratarnos y, más importante, de lo que el otro espera que uno sea, requiere un gran entrenamiento que pasa por la inteligencia emocional y espiritual.
Una ejecutiva de unos 35 años sentía angustia y culpa. Su matrimonio se había terminado. Ella no entendía cómo le había sucedido enamorarse de otro hombre: su esposo era una persona correcta, con un gran compromiso con el deber y además la quería. Cuando ella le contó que estaba interesada en una tercera persona, de manera “civilizada” terminaron la relación.
Estaba a punto de acabar con su nueva relación, por los sentimientos de culpa por haber abandonado a un hombre bueno. Al preguntarle: ¿Cómo era tu vida con él? Muy pensativa contesta: Muy gris, él era bueno pero me sentía como encerrada, él muy dedicado a su trabajo, muy cumplido. Todo estaba planeado. Le pregunto: ¿Esta propuesta de vida tenía sentido para ti?
Obviamente no, pero como le esencial no pertenece al ámbito de los cinco sentidos, ella no se permitía ni siquiera relatarlo. Notó que nunca había conversado desde el corazón acerca de sus sueños o expectativas. Sencillamente había aceptado la propuesta porque era un buen hombre.
Definir desde las emociones y los valores, las metas, los sueños, las expectativas y los límites, las formas de trato que pueden darse para que una relación funcione, es absolutamente necesario para que los vínculos que nacen con esperanza no mueran con angustia, culpa, dolor y rabia.
¿Tiene mi propuesta sentido para usted, tiene su propuesta sentido para mí? Es una pregunta que debe ser contestada con la mano en el corazón por su bien y por mi bien.