Conocemos la grandeza de nuestro ser cuando somos capaces de trascender el dolor, ya sea el proveniente de la adversidad inherente a la vida o el de la injusticia social.
El encuentro con la adversidad es inevitable y necesario al despertar de la conciencia humana. Y es que la conciencia se duerme cuando creemos que la vida es plácida y sin tropiezos, porque la distancia creada entre esta idea y lo que en realidad nos ocurre, nos lleva al conformismo o a la desesperanza y en no pocas oportunidades a una frustración tan intensa que, incluso, podemos perder la fe en la vida.
En cambio, la conciencia se despierta cuando esa misma distancia nos lleva a ampliar la comprensión del sentido de la existencia, a distinguir lo evitable de lo inevitable y a desapegarnos de aquello que sólo es pasajero, superficial.
Cuentan las tradiciones místicas que una mujer acababa de ver morir a su hijo pequeño, cuando vio que el Buda entraba a su pueblo y le pidió que lo resucitara. El Buda accedió con una condición: ella debía traerle un grano de mostaza de una casa que no hubiera conocido el dolor. Ella recorrió las viviendas de la propia aldea y las de las cercanas. No encontró ningún hogar que no hubiera tenido un duelo. Regresó donde el Buda y le dijo: “Entendí. Ahora ayúdame a manejar la desesperanza y la frustración para encontrar la iluminación”.
Si cada uno de nosotros recorre en su propia historia los eventos de dolor que le han marcado, con seguridad verá que la diferencia entre los que nos despertaron y los que no, pasan por haber transformado la adversidad, evitable o inevitable, en sabiduría y vocación de servicio.
Es indudable la ganancia personal que la ruptura de una relación o de un revés de fortuna nos deja cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de que no somos lo que tenemos, ni tampoco somos las relaciones que establecemos; que el amor no se acaba cuando se termina un vinculo.
Y es menos evidente, pero no menos importante, para el desarrollo de la conciencia humana la utilidad y el sentido de transformar la adversidad de los demás. Hasta ahora hemos creído que el servicio al otro, la justicia social, es como una excentricidad para los místicos o santos, que no es para las personas comunes y corrientes. Sin embargo, es precisamente este el mayor despertar de la conciencia. El amor y la solidaridad transforman a quien ofrece servicio al otro. Vivimos en un mundo donde abrir caminos justos en la vida de los desplazados, de los inundados, de los que no tienen educación, es una oportunidad para hacernos dignos representantes de la especie humana, para despertar nuestra conciencia y distinguir lo evitable de lo inevitable, lo esencial de lo pasajero.