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El amor defiende y acoge

28 de marzo de 2015 - 09:00 p. m.

Nosotros, los hombres y las mujeres, estamos dotados con la fuerza necesaria para preservar nuestra integridad frente al dolor y los conflictos inherentes a la vida. Sin embargo, nadie está hecho para enfrentar aislado y solo el impacto de la violencia.

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Para atravesar el trauma y la desintegración que genera, necesitamos de la fuerza de los seres cercanos, el respaldo de la sociedad.

Cuando el dolor proviene del error de alguien que actúa de buena fe, pedir perdón por lo cometido abre caminos para sanar. Igual ocurre con los conflictos y las discordias; allí un diálogo integrador será suficiente para cambiar el futuro.

Cosa muy distinta sucede cuando el sufrimiento y el quebranto emanan de un comportamiento intencional, en el que dañar ofrece al victimario placer y poder. Al encontrarnos con dicha perversidad, la capacidad para defendernos se altera, el horror nos invade y nuestro ser queda en estado de trauma.

Hace unos días, en un seminario para mujeres lideres, expresé que sentar las bases de una nueva sociedad, en la que el respeto por los derechos humanos sea la regla y no la excepción, requería dialogar en lugar de debatir; de la empatía en vez de la indiferencia.

Una colega amiga, experta en maltrato y abuso sexual, planteó que si pensábamos en una mujer que, por ejemplo, enfrenta la violencia de un marido maltratador psicópata, interactuar así sería totalmente desadaptativo.

No solamente estoy de acuerdo con ella. Es más, considero que no hay nada tan peligroso, ingenuo y contraintuitivo que una propuesta donde, para construir acuerdos por el bien común, se tenga el objetivo de lesionar o dominar.

En las relaciones victima-victimario, tanto en el espacio familiar como en el público, la finalidad es generar dolor y humillación para lograr sometimiento. Detener esta perversión pide una transformación de la conciencia individual y colectiva.

Comprometernos con la defensa y la protección de la víctima es un imperativo. Se necesita separarla del victimario. Es fundamental aislar al perpetrador del espacio social y, sobre todo, crear una cultura que con valor se oponga a la búsqueda sin escrúpulos del poder.

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Proteger a quien ha sido victimizado implica frenar nuevos ataques por medio de una red de apoyo en la que sea cuidado, empoderado, restituido y sanado.

Solo así ofreceremos a nuestros hijos una sociedad en la que la confianza y el amor sean protagonistas.

 

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