Experimentar dolor es lo más parecido a caminar al borde de un precipicio, un paso en falso nos aboca a un desenlace fatal, un andar firme nos conduce a buen puerto. En la cotidianidad y en nuestra historia cultural no siempre es claro cuál es el camino de la liberación y cuál el de la condena.
Es corriente, por ejemplo, que las personas enredadas en una relación amorosa tóxica, en la que experimentan confusión porque no saben qué esperar del cónyuge y a la vez se sienten necesitados, digan: “¿Cómo voy a separarme o a terminar este vínculo si es que en verdad siento ‘amor’?”.
Declarar que se siente “amor” se transforma en un argumento incontrovertible. Nuestras tradiciones sugieren que todo lo que se hace por amor es aceptable, se justifica frente a uno mismo y a la sociedad; se vale desde renunciar a las propias necesidades hasta autoinmolarse, pasando por aceptarle al ser amado lo que no se le permitiría a nadie más.
Aún más, en el ámbito legal se establece la exención de testificar en perjuicio de los seres amados, se acepta y se entiende que el “amor” a la familia ponga en riesgo el bien común o la sociedad.
Es decir, aunque no se diga claro y duro se sugiere o se supone que cualquier dolor que se experimente en la relación con el ser amado debe ser aceptado como un daño colateral. ¡Peligrosa creencia!
Al aceptarla callamos y silenciamos el impacto del dolor en nosotros, lo cual, en el nivel personal, puede conducirnos a vivir como anestesiados, a perder el contacto con nuestra misión de vida y a andar por el mundo como si fuéramos robots. En lo social, por ejemplo, si nos enteramos de lo que viven nuestros compatriotas no podemos ser empáticos ni compasivos y, acostumbrados ya a olvidar el dolor, lo sepultamos en el cuerpo, con perjuicios para nuestra salud física y mental.
Todo dolor es en sí mismo un aviso de que hay algo que tiene el potencial de dañar o de enfermar el ser, el cuerpo o el mundo psíquico. Aquello que causa el dolor debe ser escuchado y atendido, pues sólo así podrá cumplir con la función que la naturaleza le ha asignado: liberarnos de la enfermedad o el sufrimiento despertando nuestra conciencia.