Cada vez que alguien se entera de que su pareja tiene una aventura amorosa el mundo se le viene abajo.
El dolor, la rabia y la tristeza se entremezclan frente a la traición y la desilusión. ¿Ruptura o dignidad?, parece ser el dilema.
La cultura afirma que el matrimonio ha de ser monogámico y eterno. Las parejas inician su vida haciendo una promesa de fidelidad para siempre. Se da por sentado que es una cuestión de honor, y quien no haga valer su palabra será declarado un ser indigno.
Así las cosas, al quebrantar lo acordado se es culpable y el otro habrá de ser resarcido. Lo usual es que al infiel —si es que quiere apostar por su relación estable— le corresponda arrastrarse hasta obtener el perdón del ofendido.
Lo curioso es que esta forma de proceder se parece más a las costumbres con las que se ha tratado la infidelidad femenina —el castigo podía ir desde la muerte, hasta el perdón pasando por la lapidación—, y menos a las costumbres con que se trataba la masculina, pues ellas sabían, por un lado, que como los hombres “por naturaleza” eran infieles, tenían aventuras esporádicas o incluso una vida paralela con una “querida” y, por otro, que el matrimonio era para toda la vida y su único modo de subsistencia; era mejor ser cuidadosa con la fidelidad propia y hacerse la de la vista gorda con la del hombre.
Pero el mundo cambió, a los dos les puede ocurrir la infidelidad. El matrimonio ya no tiene que ser para siempre, el divorcio existe. Entonces, si los dos quieren conservarlo, tendrán que hacer de la comunicación, el compromiso, la intimidad y el proyecto económico una tarea conjunta que sostenga la fidelidad. Hoy la lealtad y la confianza no son exclusivamente compromisos personales, son una co-creación consciente de la pareja, la fidelidad no es una promesa ciega.
Así, cuando Jaime o Emilia se enteran de que su cónyuge tiene una aventura, no será suficiente pensar que están frente a alguien que no honra sus promesas y que ha de ser castigado. Más bien tendrán que contestarse: ¿En qué punto nos alejamos o nos perdimos en la propia individualidad? ¿En qué momento la calidad de la intimidad emocional y sexual cambió y no lo notamos? Y, desde luego, decidir si el vinculo es recuperable o no.
Si queremos que la fidelidad siga siendo un fundamento importante, tendremos que asumir que es un compromiso dependiente tanto de la madurez personal como de la calidad de vida de la pareja, es un valor que lejos de darse por sentado requiere que el cuidado de intimidad emocional y sexual sea cotidiano y permanente.