Nada más común que actuar desde el impulso, sin embargo, nada que nos haga más humanos que decidir el curso de nuestro destino. Por eso, cuando se trata de elegir pareja, resulta imperativo ser muy humanos.
No hay nada que afecte más nuestro futuro que enamorarnos impulsivamente y, desde allí, comprometernos con un compañero de vida. Y es que son profundas, complejas y exigentes las aguas en las que nos sumerge el matrimonio. Quien ocupe dicho lugar en nuestra existencia va a estar con nosotros para poner a prueba nuestra madurez emocional y espiritual. El enamoramiento, hoy en día condición necesaria para dar comienzo a tan importante vínculo, dota de emoción y fantasía la búsqueda de la intimidad emocional y sexual. La llamada del alma cuando encuentra dos que se identifican como pareja despierta con toda fuerza el impulso de unión. En estos momentos ninguna diferencia de edad, intereses o cultura parece importar. El enamoramiento experimenta la intimidad como fusión. No obstante, escoger pareja precisa de la intervención del amor consciente, de aquel que se compromete con esa intimidad que surge de la independencia de los dos individuos y no de la fusión co-dependiente. La verdadera intimidad requiere la presencia de un compromiso compartido en el que los dos son capaces de manejar con responsabilidad e integridad sus acciones y sus impactos en el otro. En una pareja madura emocional e espiritualmente nadie está para complacer al otro, o es el culpable de la infelicidad del otro, ambos son capaces de gestionar sus dolores. Convertir estos valores en acciones concretas y cotidianas implica asumir el origen interno de nuestros sentimientos. Hablar desde nuestra verdad, sin pretenderla la única y, en lo más interno de nuestro ser, honrar los acuerdos que hayamos establecido con el otro. En una pareja al borde de la separación, ella afirmaba que para él la prioridad era su familia de origen y no ella. Decían estar enamorados, aunque cada uno actuaba como si todavía viviera con sus familias de origen. En simple, seguían solteros, no habían dado el paso hacia el compromiso de pareja. Después de un trabajo de conciencia acerca del sentido que querían darle a su mundo de pareja, pudieron mirarse a los ojos y decir: hoy desde el amor consciente elijo vivir contigo, asumiendo la responsabilidad de mis propios sentimientos, valorando los tuyos y honrando mis compromisos contigo. Desde ese momento iniciaron un camino común para madurar emocional y espiritualmente, como seres independientes que comparten la intimidad que desnuda el corazón.