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¿La nueva normalidad? Un futuro que nunca ha existido

14 de septiembre de 2020 - 08:22 a. m.

Antes de la pandemia del Covid-19, nosotros como humanidad ya sufríamos de otra pandemia crónica: la injusticia social.

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En virtud de esta, los pocos seres humanos que son inmunes a ella tienen la oportunidad de dedicarse a buscar su realización personal, indagar y disfrutar su sentido de vida y, al contrario, los muchos afectados han de luchar incansablemente para conseguir el pan diario.

En esta atmósfera, ya suficientemente dolorosa, es en la que se decide que el confinamiento es la estrategia para detener el contagio del Covid-19 y sus graves consecuencias para la salud física.

Si bien el aislamiento controla la curva de contagio del Covid-19, por otro lado incrementa el sufrimiento de los afectados por la inequidad socioeconómica, pues a la desesperación y humillación de la escasez se le suma el deterioro del equilibrio emocional y mental, ya sea por la carencia de contacto amoroso o por la sobreexposición al maltrato.

Además, el encierro al limitar el movimiento crea una tensión al interior de las personas que se multiplica exponencialmente por el hecho de que este está vinculado con la subsistencia financiera, dando como resultado el aumento del miedo a la miseria.

En este contexto donde confluyen las angustias y las impotencias de las dos pandemias, no es extraño entonces que las emociones negativas vayan invadiendo el espíritu de las personas y la tolerancia a la frustración desaparezca.

En la desesperación el yo individual pierde sus propios límites, la agudización de la pobreza o la amenaza muerte se tornan insoportables y, acabar con el peligro es la única meta. La conducta agresiva de alguien provoca la del otro y la reacción en cadena escala hasta llegar a los actos violentos.

Cuando el inconsciente colectivo se encarga de activar la dinámica de la violencia, las personas no reconocen al otro como un ser humano pleno de derechos, el otro simboliza la amenaza, es el enemigo y se le deshumaniza.

Es en este entorno donde se inicia la “nueva normalidad.” Así que, hoy más que nunca, las mentes colectivas necesitan acciones de liderazgo visionario que transmitan e inspiren una visión de futuro que reconozca, en primer lugar, que cualquier modelo socioeconómico pre-pandemia es obsoleto y, en segundo lugar, que las discordias ideológicas entre dirigentes solo hablan del pasado.

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La nueva normalidad nos plantea un imperativo, crear posibilidades que nunca antes se han vislumbrado, que nazcan nuevos modelos de convivencia en donde el futuro tenga la posibilidad que el pasado desperdició, acabar con la primera pandemia: la injusticia social.

Solo así, podremos restablecer la esperanza y la verdadera capacidad de sanar heridas para convivir sin violencia ni pandemias.

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