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La tradición revitaliza lo esencial

29 de diciembre de 2013 - 06:51 a. m.

El significado de las tradiciones en la vida moderna se ha desvanecido, se las considera como modelos de interacción obsoletos y sin ninguna pertinencia para la cotidianidad.

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Sin embargo, cuando hacemos un pesebre o vestimos un árbol de navidad tenemos la oportunidad de rescatar en este ritual el sentido y los valores originales y notar como ellos nos conectan con lo esencial que trasciende el tiempo y el espacio.

Por ejemplo, al armar el árbol, en diciembre y no en noviembre, nos sintonizamos con la venida de Jesús a la tierra y nos damos cuenta de que no se trata de decorar una casa, sino de recordar, para comenzar, que el árbol es un símbolo del origen de la vida y por lo tanto invoca la presencia de lo eterno en nuestro día a día.

Podemos dotar de intencionalidad los adornos si sabemos que, al colgar las bolas rojas estamos hablando con el mundo espiritual acerca de las necesidades concretas que hay en nuestra existencia, que con las azules queremos perdonar y ser perdonados, las plateadas serán nuestra gratitud y las doradas lo que valoramos. Las luces eléctricas de hoy, velitas de antaño, significan la luz del amor y la apertura de la conciencia para elegir el camino de la rectitud en nuestro pasar.

Las tradiciones convertidas en rituales recuperan, entonces, la memoria colectiva de nuestros ancestros, la presencia de nuestros legados, nos dan identidad y pertenencia. La navidad, particularmente, nos vincula a una comunidad que cree que el sentido de vivir pasa por la creación de la abundancia, el manejo del dolor y logro de la trascendencia.

La tradición relata que con el nacimiento de Jesús llegaron los Reyes Magos, hombres de sabiduría, con regalos necesarios para el cumplimiento de la misión del recién nacido.

Traían oro, símbolo de riqueza y abundancia, podemos aventurarnos a decir que esta insignia nos invita a la generosidad y a la creación de la prosperidad material y espiritual de todos.

Acarreaban también mirra, ungüento para aliviar el dolor. Este nos incita a aliviar sufrimientos y padecimientos pero, sobre todo, a transformar el dolor en sabiduría. Finalmente, el incienso induce a elevar la mente a vivir en el asombro, la inocencia, el perdón, la serenidad y la iluminación. A abandonar la costumbre de juzgar y acusar, de resolver los conflictos a través del poder y no de la comprensión y el amor.

Vivir plenamente una tradición es permitirse acceder al lenguaje de la metáfora, la forma por excelencia adherirse a lo esencial, pasar de generación en generación los múltiples sentidos de un legado sagrado es garantizar que una comunidad reconozca su lugar en la creación.

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