Como nuestra vida diaria está marcada por eventos dolorosos, guerras sin fin, envidias mediocres y violencia, tendemos a creer que aislarnos en algún lugar lejano o refugiarnos en nuestra vida interior es la solución.
Pero, curiosamente, la serenidad, la iluminación y la paz sólo llegan cuando descubrimos que es en la conexión plena con los demás donde surge la conciencia de unidad, aquella que es capaz de desintegrar las emociones negativas, trascender el dolor y acceder al amor.
Sucede que cada uno de nosotros es lo que es, precisamente en función de la manera como se vincula con el otro. Somos amorosos sólo si tratamos a la familia y a los extraños con amor; somos serenos sólo si abordamos la dificultad con la serenidad; tenemos paz interior sólo si renunciamos a la lucha de poder.
El lugar que los demás tienen en nuestra vida y el que nosotros tenemos en la de ellos marcarán la diferencia entre vivir como un opositor o un aliado, entre ser líder o tirano, entre ofrecer una amistad que cuida o una que invade la intimidad del otro.
Si al equivocarnos hemos causado dolor a un ser querido, sólo el diálogo compasivo permitirá que nuestros errores se comprendan y no se castiguen, se acojan y no se censuren, y que nosotros, con humildad, recojamos las consecuencias de la falta. O si cuando con espontaneidad relatamos nuestros sueños y los que nos oyen participan con entusiasmo y nos estimulan a averiguar las maneras de lograrlo, abriremos la puerta de la confianza. Más aún, si al narrar nuestras desilusiones tenemos el permiso para aceptar la vulnerabilidad y ocurre la empatía con nuestro sentimiento, sabremos que no estamos solos frente al mundo, que la solidaridad existe. El Buda se ilumina después de sentir compasión y empatía por el padecimiento de los otros.
Mandela encuentra la paz interior siguiendo el ‘ubuntu’, un estilo de vida trascendente en el que la humildad, el perdón y el ser con el otro construyen la reconciliación en su nación.
Ambos, desde perspectivas distintas, nos muestran que el camino interior se inicia al entrar en contacto auténtico con el otro y que así se desencadena la energía trasformadora más potente del planeta: aquella que acepta que uno se hace humano a través del otro, que sólo al compartir se crea una comunidad y que es imperativo reconocer las cosas que nos unen.