¿Será que cada vez que nos encontramos con un desconocido, ya sea un transeúnte, un habitante de la calle o alguien famoso, nos damos cuenta de que es un ser humano que, como nosotros, tiene una historia con necesidades, ilusiones y afectos?
¿Cada vez que algún desconocido se cruza con nosotros se dará cuenta de que también somos humanos, con un presente en el que hay gente que nos quiere y nos necesita?
Sucede que los “demás” no nos notan y tampoco nosotros los valoramos, ellos y nosotros somos parte de un paisaje, no siempre bucólico, somos significativos exclusivamente para los que están en nuestro medio social y familiar, en consecuencia solo a ellos les importa nuestra suerte, nuestros afectos únicamente son sagrados para ellos.
Hace tiempo, un colega me decía con gracia: “Yo sé que todos somos iguales pero unos más que otros”, y aunque la afirmación parece inocente, esconde el permiso para discriminar a otro, nos autoriza a ignorarlo como ser humano.
No es raro entonces que las diferencias económicas, políticas, étnicas, religiosas o de género afecten el derecho a la existencia y a la calidad de vida de los ignorados. La ingenuidad de la frase que nos permite discriminar se transforma, entonces, en una crueldad que ignora el dolor de los diferentes.
Si nos atrevemos a reconocer que los habitantes de la calle, los desplazados, los inmigrantes o las víctimas del conflicto armado son seres humanos con historia y derecho al futuro, que no son solamente parte de un paisaje dantesco, tendremos que salir de la indiferencia cotidiana para buscar en nosotros la empatía y la compasión que nuestra tradición cultural nos ha forzado a olvidar.
Si en nuestro interior surgen la empatía y la compasión, podríamos imaginar en la clase de ser humano en que nos habríamos convertido si las circunstancias nos hubieran llevado por el camino de la desgracia. ¿Siquiera seríamos capaces de intentar volver a amanecer?
Devolverles a los demás, desconocidos o marginados, el sagrado derecho de las ilusiones y los afectos, la plenitud de su derecho a la existencia y a la calidad de vida es una misión frente a la cual nuestra alma no puede desfallecer.
Lo milagroso sería que mañana al cruzarnos con un desconocido, ya sea un transeúnte, un habitante de la calle o alguien famoso, ya no forme parte del paisaje que nos asusta o nos da envidia, sino que apreciáramos que detrás de su apariencia existe una persona con afectos y sueños.
Tal vez un héroe o una heroína que, protegiendo como sagrados sus ilusiones y sus afectos, han atravesado adversidades que desconocemos y cuya trayectoria nos causaría admiración.