La vida se va creando a partir de elementos sencillos que se van conectando e integrando en estructuras complejas. Una partícula mas pequeña que la punta de un alfiler se despliega en el Big Bang hasta formar un universo cuya diversidad se nos antoja infinita.
Lo sorprendente para nosotros los seres humanos es que podemos ser conscientes de que nuestra existencia particular, de manera cuidadosa, está integrada con todo lo que existe, lo individual se sostiene en el todo.
Cuando somos conscientes de esta conexión, lo cotidiano se ilumina, tenemos ímpetu y claridad para manejar la adversidad y ánimo para disfrutar las bendiciones.
Pero al contrario, si ignoramos este enlace nos sentimos solos, como si habitáramos en la mitad de la nada. Esto es así aun si nuestra existencia es amable. La desconfianza hace que veamos obstáculos por doquier y que pensemos que no somos significativos para nadie.
En estas condiciones nos aferramos compulsivamente al poder, al dinero o al prestigio, nuestro sentido de la vida se desvanece y la desesperanza nos invade. En fin, experimentamos ansiedad, angustia, depresión o apatía.
Ocurre que nuestra racionalidad se encarga de autoengañarnos, demostrándonos que estas reacciones y emociones son “realistas”, es decir, son una respuesta, fuera de toda duda, acorde y correspondiente a lo “objetivo”.
Y es que el razonamiento es: ¿cómo sería posible sentirse feliz cuando sólo con salir de casa podemos estar en peligro, cuando cada interacción con otro tiene por objeto determinar quién domina a quién, cuando en este mundo el pez grande se come al chico y el futuro de la humanidad parece más que incierto?
Lo claro es que, si hemos perdido la conciencia del vínculo original, la vida misma nos ha dotado con las herramientas necesarias para poder disolver la sensación de no pertenencia.
Y como lo sencillo se integra en lo complejo, el camino interior nos reconecta con la fuerza y nos devuelve la serenidad frente a la adversidad y el regocijo frente a las bendiciones, se despliega con una rutina que está al alcance de todos.
Lo primero es respirar dándonos cuenta de que respiramos, lo segundo es notar en nuestro cuerpo el impacto que la adversidad o la bendición tienen, lo tercero abrazar con la conciencia el impacto identificado. Esto último sin ninguna pretensión de cambio: sólo se trata de unir la conciencia amorosa con el impacto.
Así, el camino interior que nos abre el corazón en la alegría y conserva la mente tranquila se aviva para que el amor nos habite.
El acto más sencillo, respirar conscientemente, se integra en el desarrollo más complejo del ser humano: transcender lo cotidiano, adversidad o bendición para reconocerse perteneciendo al todo.