Que unas son de cal y otras son de arena es algo que creemos sin siquiera dudarlo. Nos parecería raro decir: todas son de cal y de arena en simultáneo, dado que nuestro sistema de creencias nos obliga a buscar incansablemente certezas y verdades únicas.
Nos pasamos la vida buscando ideales de perfección absoluta o deseando que las cosas sean blancas o negras. Nos confunde notar que en la cotidianidad aquello que inicialmente luce como “malo” pueda abrirnos las puertas de la sabiduría y que algo que se estima como “bueno” pueda convertirse en una pesadilla.
Nos incomoda percibir que vivimos en un universo pleno de matices, donde lo gris y lo multicolor hacen que la incertidumbre sea más frecuente que la certeza. Cada situación tiene su luz y su sombra.
Así, la tristeza esconde la alegría, el miedo puede alimentar el valor, la rigidez es la máscara de la fragilidad, el individuo que sabe estar solo es buen compañero, mientras que el que no conoce la soledad nos asfixia.
Sorprendentemente, es justo en estos escenarios duales donde nos vemos empujados a ser intelectualmente disciplinados, a discernir y a desarrollar una visión que va mas allá de lo inmediato para alcanzar lo trascendente. Esto al mismo tiempo que el corazón se abre a la empatía y a la compasión, revelando ante nosotros una realidad donde las posibilidades se multiplican para que la libertad adquiera significado.
Una joven que criticaba duramente a su padre, pues, sin lugar a dudas, opinaba que él era una persona distante, que trabajaba demasiado y que no tenía carácter porque se dejaba explotar por sus hermanos y su madre, cayó gravemente enferma. En esa circunstancia, el padre se dedicó a cuidarla y a sacarla adelante.
Durante su convalecencia, ella se atrevió a poner en cuestionamiento sus certezas acerca de él, se permitió ir mas allá de lo aparente, descubrió que detrás de la falta de carácter había bondad, que en la obsesión por el trabajo existía generosidad y que la distancia era sólo una respuesta a la crítica de ella. Pero, sobre todo, fue evidente que su deseo de que él fuera absolutamente perfecto la cegaba frente a las virtudes y le hacía poner énfasis en los defectos. Ella, al tomar conciencia de sus errores de percepción, aceptó la luz y la sombra y su corazón se pudo abrir al amor.
Cada evento, fugaz o duradero, conflictivo o armónico, tiene un propósito: acercarnos a la condición dual de la vida, ver la belleza de los atardeceres o de los amaneceres que anuncian el cambio, sentir que la luz y la sombra son necesarias al despertar del amor.