Sabemos que lo que experimentamos en el diario vivir nos conecta o nos desconecta con el sentido de la propia vida.
A pesar de saber que vivimos las experiencias en nuestro cuerpo, no notamos aquello que él hace con nuestras vivencias, es más, no creemos que él haga “algo”, con lo que nos pasa por la “mente” o por la cabeza.
Pero, inexorablemente en el funcionamiento del cuerpo, surgirá la marca de lo vivido. Según sean su intensidad y calidad, así serán los matices de la huella en nuestro organismo.
Si un fracaso amoroso o profesional es duro de digerir, nuestro estómago lo pasará mal, hará la “milla extra” tratando de digerir lo indigerible: nuestra incapacidad para aceptar lo acaecido.
Si la sobreprotección familiar intoxica y asfixia nuestros pulmones se darán por enterados, se comprimirán y les costará expandirse, ellos nos informan lo que la conciencia cotidiana niega: nuestros amados padres o nuestro encantador cónyuge nos limita. Los pulmones codifican el secreto.
Esta curiosa conversación entre el cuerpo, las emociones y la manera de asumirlas se da en un lenguaje que no sólo no tiene palabras, sino que está más allá del alcance de la conciencia.
Pues bien, hace dos meses me encontré con que “se había desarrollado en mi nariz un cáncer basocelular ”. Tentador pensar que yo era de malas, que la piel blanca, el trópico, el sol y la radiación eran las responsables.
Sin embargo, y sin negar que estos factores ambientales tienen un peso, cuando mi médica me dio la noticia, mis preguntas eran: ¿Qué es lo que este cáncer me está contando sobre mi historia personal? ¿Qué tengo que hacer para oírlo y apropiarme de esta historia que mi conciencia ignora?
Paralelamente con la decisión de realizar las intervenciones quirúrgicas necesarias para extirpar la lesión y restaurar el tejido dañado me propuse otra meta: el día que me resecaran la lesión física, con ella también se iría la historia emocional.
¡Logré decodificarla! Mi misión de vida pasaba por proteger a los que amo, y resulta que años atrás al notar que no había protegido a mi familia suficientemente bien y, por lo tanto, habían vivido dolores que yo no pude ver a tiempo. Sentí dolor, impotencia, fracaso, rabia y vergüenza de una forma tan intensa que momentáneamente me encontré sin deseos de vivir.
Mi cuerpo recibió el deseo como mandato y comenzó a actuar en consecuencia. Aunque pensaba que lo había sobrepasado, en realidad no había hecho la tarea completa.
Frente al grito del cáncer hice las paces con el momento y con gratitud saludé la nueva oportunidad de vivir.