Llegó la época del año en la que deseamos, para nosotros y para los demás, paz y prosperidad. Qué complejo resulta confrontar nuestros deseos con la realidad.
Todos sabemos que una sociedad sólo puede conocer la paz y la prosperidad si sus costumbres y valores privilegian el cuidado por los otros, si las familias pueden dedicar tiempo para formar valores de convivencia en sus hijos, si los niños y los jóvenes que asisten a los colegios reciben la formación necesaria para tener una vida en comunidad y trabajar con dignidad.
Pero otra cosa nos sucede en nuestra cotidianidad, cuando “la crisis económica” se convierte en el mayor enemigo de la educación. El dinero que se roban los corruptos bastaría para cubrir la educación de miles de niños, de cada 10 estudiantes que abandonan las aulas, cuatro lo hacen por razones económicas.
La escasez de ingresos lleva a las familias a sacar a los hijos del colegio para que ayuden con la manutención del hogar. Además, los adultos se someten a horarios laborales que no les permiten aportar a sus hijos nada distinto a un mínimo sustento, y los que podrían ofrecer algo más, tienen valores tan competitivos o materialistas que el bienestar emocional y espiritual no es una prioridad.
Una mujer de unos 40 años, trabajadora, madre de familia, me contaba: “Hasta hace poco les pegaba y gritaba a mis hijos, como así me habían educado me parecía normal. Durante las vacaciones, mi marido se llevaba a la niña mayor a trabajar con él, porque pensaba que no iba a tener zánganos en la casa y, a mí, lo que me molestaba era que yo no tenía quién me ayudara con los más pequeños.
“Es que me daba pereza o miedo pensar y no entendía qué era educar a mis hijos. Pero después de recibir unos talleres, me doy cuenta de lo equivocada que estaba, sin embargo todavía no veo soluciones. Me encuentro como en una sin salida, si no trabajo no tenemos cómo pagar el arriendo y si trabajo no tengo cómo ocuparme de mis hijos”.
Qué dolorosa encrucijada la que viven las familias por cuenta de la crisis. Al parecer, estamos obligados a hacer un gran cambio en nuestros valores si queremos que la alternativa de las futuras generaciones no sea el conflicto entre educar y producir. La crisis económica generada por nuestros valores es la mayor enemiga de la posibilidad de vivir en paz.