Nosotros, como especie humana, tenemos una misión común: hemos nacido para amar y ser amados y, en ese camino, avanzar transformando los obstáculos en sabidurías que nos permitan alcanzar modos de convivencia prósperos y armónicos.
Lo increíble es que si cada quien eligiera atar su labor con el destino compartido se resolverían los impedimentos y los malestares que detienen la evolución de la comunidad humana.
Aterrador es que al optar por desengancharnos de la misión vivimos haciendo un ejercicio perverso del poder, estableciendo relaciones desconfiadas, haciendo que el resentimiento y la venganza conviertan la vida en espacio para las guerras.
Hace unos años una mujer, como muchas más, huyó del Magdalena llena de dolor e incertidumbre, dejó a su madre y a su hijita, porque había visto morir asesinados a amigos y seres queridos. La desesperanza y el odio comenzaban a horadar su corazón.
Es inevitable, acercarnos a otro es encontrarnos con su historia, con momentos en los que el ejercicio perverso del poder desgarra a los demás, les niega la prosperidad.
Por esos días, la mujer de nuestro relato, se encontró con una ingeniera que le ofreció trabajo en Puerto Gaitán. Para allá se fue, el trabajo era duro, pero podía enviar algún dinero a su madre y a su hija. La esperanza comenzaba a habitarla. Pero de nuevo el trabajo se acabó y no podía regresar a su tierra.
Llegar a Bogotá tampoco fue fácil, pasó por varios empleos, hasta que comenzó a trabajar en el servicio doméstico con una pareja de consultores. Allí la sensación de seguridad le recordaron cómo era la convivencia en su familia. El consultor relata que un sábado ella les dijo: “Estoy feliz, hoy sábado que es el único día de la semana en el que tengo la oportunidad de consentirlos”.
Este conmovedor gesto no sólo hablaba de que su alma estaba reconciliándose con el dolor de su historia, lo trascendía y encontraba la manera de dar amor. Les tocó el corazón, no sólo la consintieron y la acompañaron, sino que también construyeron oportunidades económicas para que pudiera prosperar.
Quienes se separan de la misión fundamental destruyen y pueden llegar a la atrocidad, pero quienes vinculan su cotidianidad con la misión de la humanidad se comprometen con la creación de una convivencia armónica, son capaces de trascender el presente para alcanzar el futuro que todos soñamos.