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Relación madre-hija

03 de agosto de 2011 - 05:08 p. m.

Cuando oímos la frase «No quiero ser como mi mamá», lo más probable es que pensemos que se trata de algo dicho por una adolescente resentida y rebelde.

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Pues el imaginario cultural nos invita a creer que toda mujer buena quiere ser como su mamá y más aún, que tal y como lo declara la sabiduría popular, “a la oveja por la lana; y a la mujer por la mamá”.

Resulta difícil aceptar que hoy las mujeres quieren y necesitan ser diferentes a sus madres, situación necesaria para completar su liberación y madurez. Es claro que la liberación femenina va más allá del derecho de elegir la pareja, a ser dueñas de la propia sexualidad y patrimonio, a votar y tener representación política o a educarse. También abre un espacio para la diferenciación personal.

Todos sabemos que cuando ocurre el cambio, lento o rápido, en las relaciones sociales y familiares hay dolor en la dinámica particular de las vidas individuales. Los sentimientos de culpa no se hacen esperar y caminan de la mano con la necesidad de diferenciarse o de ser respetada. Las sensaciones de rechazo se mezclan con el deseo de entenderse; la compasión se alterna con la rabia y la mutua crítica con la búsqueda del abrazo.

Una mujer se puede encontrar a sí misma diciendo, “ni pensarlo, mi mamá era muy sumisa, ya que pasó de obedecerle a mi abuelo para dejarse guiar por mi papá, y cuando quedó viuda no sabía ni manejar una chequera. Yo, en cambio, tengo mi empresa y me divorcié, me ha tocado ser padre y madre a la vez”. De manera inevitable se mezclan el orgullo, la admiración y el agotamiento de su propio ejercicio de feminidad con la lástima, o el deseo de admirar a su madre, estos además, confundidos con la soledad de sentir que su progenitora tampoco la entiende.

Otra, en cambio, con dolor y resentimiento afirma: “Mi mamá trabajó mucho y yo me sentí abandonada. Tal vez quiero ser productiva, aunque ya no necesito probar que soy capaz, en todo caso no quiero vivir como ella”. Aquí el resentimiento del abandono se mezcla con la gratitud. Ellas, las hijas, cosechan las libertades y el respeto sembrado por sus madres.

Y no faltan quienes declaran “No quiero una vida alrededor de los roles familiares, quiero ser más libre” o “Ya cumplí con las tareas de la familia, ahora mi vida es para mí”.

Aunque construir el derecho a no ser como la madre para crear la propia vida sea un camino doloroso, tiene sentido. Al final del día las hijas pueden abolir la sumisión como destino, encontrar la pasión en el interior o el exterior de la familia y así habrán convertido al mundo entero en su hogar y, sin lugar a duda, serán dueñas de sus vidas.

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