En una cultura como la nuestra donde las estructuras de poder son tan apabullantes es fácil que las telarañas del miedo envuelvan todos los aspectos de la cotidianidad y nublen la libertad y la autonomía.
Por ejemplo, frente a la manipulación, la seducción, la exigencia o la amenaza de fracaso el miedo invade la conducta sin que lo notemos, frente al maltrato físico o la violencia se hace evidente, de una manera tan notable que puede llegar a paralizarnos.
Veamos, si el victimario, por ejemplo, es un lobo disfrazado de cordero, buscará someter el libre albedrío y la voluntad del otro usando estrategias fascinantes: presentarse como un salvador, un padre o una madre espiritual, que ofrecen terminar con el sufrimiento de la víctima. El miedo al abandono o a la muerte siempre presentes en un damnificado alimentará la idealización, el encantamiento y la lealtad con el lobo.
Lamentablemente, son muchas los niños y niñas e incluso personas adultas que caen en manos de estos lobos disfrazados de corderos. Mas aún, si en la historia personal se han sufrido abusos de toda naturaleza, la promesa omnipotente de eliminar el dolor de hoy en adelante es música para sus oídos. Lo mas grave es que ese engaño promueve la dependencia y la invalidez del supuesto protegido.
Nada mas lejano al amor generoso y legítimo, el que reconoce al otro como ser pleno de derechos que este tipo de propuestas que, en nuestro medio, hacen desde los políticos hasta los enamorados pasando por los sanadores y los “lideres espirituales”. Recuperar la confianza en el amor cuando alguien que tiene una vida dolorosa pasa por desarrollar la conciencia de su propio valor, dignidad y autonomía, imposibles de desarrollar en la presencia de un salvador.
Hace unos años un paciente me decía: “Por favor, a mi que no me quieran tanto. Lo que me han hecho en nombre del amor no tiene nombre”.
Me explicó, nací en un hogar disfuncional, maltratante y abusivo de muchas maneras. Mis tías me “salvaron” ofreciéndose a ser mis madres espirituales, me prometieron que mi época de dolor terminaba al encontrarme con ellas. Les creí, ellas eran mi única opción de sobrevivir y los sobrevivientes entregamos nuestra autonomía y lealtad al salvador.
El precio a la larga, también es alto, el temor al abandono perdura y la desconfianza siempre se quedan con nosotros, pues al idolatrar al salvador también idealizamos a los demás y nos sometemos a su voluntad.
Al amparo de un salvador ni somos libres ni independientes, nuestro crecimiento emocional y espiritual sigue detenido, el trauma no está superado. El amor del salvador no puede cumplir su promesa, el sufrimiento continua.
Maria Antonieta Solorzano *
Psicoterapeuta-Consultora Kabai