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Valor compartido

16 de febrero de 2011 - 10:51 p. m.

La madurez significa que somos capaces de manejar nuestras emociones y valores, de tal manera que nos hacemos cargo de las consecuencias de nuestras acciones.

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Cumplimos con los deberes que la sociedad exige y nos entendemos como sujetos de derechos. Pero también implica que la sociedad responde por las consecuencias de sus acciones sobre nosotros.

Todos hemos vivido las dificultades de mantener la madurez en una sociedad donde la corrupción o el privilegio de la eficiencia impera sobre los valores. ¿Será que podemos hacer del valor compartido un camino que integre la eficiencia con el reconocimiento de la condición de persona única que cada ser humano tiene?

Durante nuestro proceso de desarrollo, cuando somos niños, tenemos un lugar en el que existimos como personas. Nuestros padres, madres,  maestros, hermanos y amigos nos ofrecen ese cuidado y reconocimiento. Pero a medida que vamos creciendo es más difícil experimentar esa seguridad; nos vamos convirtiendo en números, en seres anónimos. 

Por ejemplo, en el transporte público o en las calles no somos nadie. Para el sistema de recaudo de impuestos somos un nit, para el fondo de pensiones un empleado o un empleador, un carné. Lo usual es que en estos contextos nuestra circunstancia personal e histórica no sea relevante. Aunque suene cantinflesco, las personas necesitamos ser tratadas como personas para sentirnos capaces de confiar en el otro, cumplir con nuestros deberes y exigir derechos. Y claro, cuando esto no ocurre podemos colapsar física y mentalmente.

Una persona responsable que ha trabajado toda la vida es dueña de una casa. El desarrollo de la ciudad pide ahora que ella pague, por razones de valorización, una suma que no imaginó nunca que iba a tener que pagar y para la que, desde luego, nunca hizo una previsión.

Ella se siente en un callejón sin salida. Su caso particular no tiene interlocutor, pues para el sistema de recaudo es sólo un contribuyente al que por falta de pago se le puede expropiar su terreno.

Estamos atrapados en un enfoque anacrónico, en el que la productividad no está al servicio del ser humano, sino que usa o niega al ser humano. Asumir el principio de la creación de valor compartido es aceptar la inclusión del beneficio social como objetivo central del progreso y la eficiencia. Sólo una sociedad, un sistema sociopolítico y financiero que tenga como objetivo la inclusión del valor compartido, podrá dar cuenta de un futuro donde las personas y la sociedad sean adultas corresponsables de su bienestar.

 

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