“Asesinos», se escuchó desde uno de los edificios que rodean la plaza de toros de Santamaría durante la primera corrida del 2018, en Bogotá. “Los de las Farc”, fue el grito de uno de los taurinos.
Esa es una de las tantas percepciones o imaginarios que se tienen sobre los exguerrilleros de las Farc. Las experiencias son parte de las cosas que definen esos sentimientos, percepciones e interpretaciones, en este caso de lo que, por ejemplo, pudo significar para una persona este grupo armado en el país.
Pero cómo podemos entonces darle sentido a la transformación social que se deriva del posconflicto, pese a estas percepciones.
Pensar en si quien hizo el comentario estaba pensando en las Farc como Fuerza Armada Revolucionaria de Colombia o si hacía alusión a la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común sería innecesario. Con el Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno Nacional y las Farc, y con un acto más cercano y concreto como el de la dejación de armas, es claro que para la fecha ya no existía un grupo armado, sino una fuerza política.
De esta manera, hay que preguntarse hasta cuándo los veremos y juzgaremos como grupo armado. Acaso, ¿es la justicia el parámetro para transformar las concepciones negativas hacia quienes lucharon en un grupo guerrillero en el pasado?
Entonces, si un exguerrillero, luego de cometer violaciones a los derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario, confiesa sus acciones, se somete a algún tipo de justicia y repara a su víctima, ¿dejará de ser llamado asesino? Incluso vale la pena preguntarse si es justo que una persona que está en tránsito a ser cobijada por un proceso especial de justicia merece ser llamada de esa forma.
¿Cuántos, entonces, que ya pasaron por ese proceso o lo están viviendo fueron incluidos en el insulto del taurino?
Qué tal si la forma en la que vamos a contar la historia del país a las nuevas generaciones se convierte en el parámetro para sanar y transformar este tipo de pensamientos. El comentario de quien respondió el insulto pudo ser la primera referencia de las Farc que tuvo un niño o una niña. ¿Queremos seguir cultivando odios? ¿Vamos a seguir señalando a las personas como los buenos y los malos?
Acercarse sin temor, sin rencor y sin prejuicios a quienes se juzga de manera vehemente, escucharlos, entender sus luchas, conocer su situación y aceptar sus disculpas son formas de reconciliarnos.
No planteo en esto una reflexión política; es una opinión sobre una cuestión humanitaria.
Ni siquiera en el lanzamiento de la campaña política de la FARC se habló de la actual situación de los excombatientes en los ETCR y de lo que deberían esperar de las pretensiones políticas de sus representantes. Mujeres y hombres que dejaron sus armas pensando tener la voz que nunca tuvieron se pensarán incluidos entre la “gente del común” que tanto se pronunció en el discurso político.
Todas las acciones que adelantemos desde la sociedad civil en pro de la reconciliación serán garantía del proceso de reintegración. De la forma en la que se narre el conflicto armado y se presenten sus respectivos actores dependerán la verdadera transformación social y la construcción de una Colombia en paz.