Ojalá que el viaje de Timochenko a La Habana no hubiera sido tan fugaz, limitado a reunirse con los negociadores de su organización, las Farc, y con el alto comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo.
Ojalá que hubiera tenido el tiempo necesario para apretarles el acelerador a las negociaciones y propiciar el descongelamiento de algunos de los 20 puntos que permanecen sin acuerdos y que desde el escenario de la mesa de negociación de la guerrilla y el Gobierno les hubiera hablado como su comandante para darles la confianza requerida para garantizar la preservación de la unidad guerrillera frente al proceso, incluidos los frentes guerrilleros que siguen activos. Y ojalá que alias El Paisa viajara igualmente para exponer sus puntos de vista y así dejar de echar bala en el Caquetá y de mantener atemorizados a sus pobladores, pues parece que ni a él ni a sus víctimas les llegan noticias de lo que ocurre en la isla caribeña.
Es claro que una de las causas de la lentitud de los diálogos son las dificultades que enfrentan los voceros de la guerrilla para comunicarse y consultar con los comandantes que están en el Secretariado y en los frentes, para lo cual no basta el corredor habilitado a través de Venezuela; nada sustituye la comunicación cara a cara entre ellos con su enemigo, el Estado colombiano y lo que representa.
Lo que sí es un despropósito es la rasgada de vestiduras de algunos políticos y funcionarios, en protesta por el viaje. A los contradictores del proceso de paz —aunque de dientes para fuera se declaren a favor, comenzando por el expresidente Uribe, quien en su momento también buscó comunicación con las Farc—, se les olvida que la paz se hace es con el enemigo, que los diálogos necesariamente se han de dar entre los representantes del Estado legítimo y los alzados en armas que lo han enfrentado con el propósito de derrotarlo. Deben tener presente que el presidente de la República, al igual que Álvaro Uribe en su momento, tiene facultades constitucionales para buscar la paz del país, un bien superior para cuyo logro debe disponer los mecanismos que lo garanticen. La imagen definitiva e irrebatible de una Colombia en paz, gracias a un proceso realista, valeroso y franco, sería la del expresidente Uribe dándose la mano con Timockenko; la de los dos guerreros sellando con su gesto el final de los años de barbarie. Mientras esto no se dé, la tarea de la paz permanecerá inconclusa.
Adendum
Para Albert Camus, “el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere”. Entre el 1° de enero y el 7 de octubre de 2014, en Cali, murieron violentamente 1.150 personas, clara señal de una grave descomposición social. Hoy, en la Sucursal del Cielo, la vida no es sagrada. Esto lo escribe el concejal Michel Maya, y lo suscribimos muchos, quienes horrorizados tratamos de encontrar alguna explicación para que este coletazo de violencia urbana se haya ensañado en Cali. Algo hay que hacer, urgente, pero con inteligencia y sensatez, porque claramente no es un problema que se soluciona con la simple decisión de incrementar el pie de fuerza policial.