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¡Bienvenidos al pasado!

08 de diciembre de 2013 - 06:00 p. m.

Las elecciones de 2014 se anuncian como las de la renovación política del Congreso de Colombia, con Roberto Gerlein cabeza de lista del Partido Conservador y Horacio Serpa del Liberal. Los gloriosos partidos tradicionales.

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Llegará también Álvaro Uribe, cabeza de lista del movimiento que bautizó con su propio nombre para repintar su espíritu caudillista; en fin, Antonio Navarro por la Alianza Verde y otros cuantos viejos políticos reencauchados. Todos veteranos, compenetrados con las mañas, trampas y marrullas del Congreso. Sí, Gerlein, el mismo que considera a los gays anormales, el que se opone al aborto en las tres circunstancias aprobadas por la Corte y que cree que las alarmas mundiales científicamente demostradas frente a la catástrofe ambiental son una construcción lunática. Horacio Serpa, el que como escudero de Samper hizo de su “mamola” el arma para defenderlo durante el fatal proceso 8.000. Se prevé una ardua competencia de vibratos oratorios entre Serpa y Uribe, como novedad en los debates de control político.

El tema de la renovación no es uno de edad, sino de espíritu, de visión y compromiso. Prueba de ello, el paso de delfines como Simón Gaviria o los hermanos Galán por los escenarios legislativos sin pena ni gloria y sin asomo de aires frescos, atascados en la mecánica transaccional de la vieja política. Simón Gaviria, por ejemplo, transó en la Convención la cabeza de lista al Senado para Serpa a cambio de su permanencia, bolígrafo en mano, en la Presidencia del Partido Liberal, para armar las listas, con la juiciosa y desinteresada asesoría de su papá, el expresidente Gaviria.

Y entre tanto, 14 millones de jóvenes colombianos, menores de 30 años, permanecen callados. Seguirán sumidos en su pasividad a la espera de que surja una alternativa que los interprete, los recoja, los represente y los entusiasme para movilizarse, para organizarse, para salir a votar. Adormecidos sobre su potencial social y político que les permitiría poner presidente o tumbar mandatarios imbuidos del espíritu de las olas de indignados que recorren el mundo pero que aún no logra hacer explícito un propósito colectivo.

Esos millones de muchachos que no tienen oportunidades laborales claras, que forman parte de un no-futuro que alimenta un escepticismo silencioso en todos los rincones del país, urbanos y rurales, con unas legítimas expectativas que ninguna fuerza política ha sido capaz de traducir.

Es la generación que nació con computadores en la habitación de al lado, que no le tiene miedo a nada, ni siquiera a la debacle nuclear. Una generación sin ídolos, ni pasados ni presentes, pero que, eso sí, vibra con la música conectada virtualmente, lista para disparar el arma de las comunicaciones con toda la fuerza que pueden tener los 140 caracteres de un tweet. Son jóvenes que todo lo han vivido de oídas y que ahora deberían construir su propio futuro.

Pero difícil, cuando son estos próceres de la política gastada los que coparán el escenario electoral, los encargados de mover a esta generación, hoy abúlica y aparentemente indiferente, que terminará, como están las cosas, viendo pasar la política sin participar, sin jugársela. ¡Bienvenidos al pasado!

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