LA NATURALEZA REACCIONA FURIOsa y despiadada en respuesta a siglos de agresiones de los hombres en su irresistible avance.
Lo hace con devastadores tsunamis y terremotos; clima descontrolado entre calores infernales y fríos polares, torrenciales lluvias o preocupantes sequías. La tierra estremeciéndose con inesperados derrumbes en los socavones y perforaciones de minas y pozos, como el que acaba de enterrar a 70 humildes mineros en Amagá o el imparable derrame petrolero en el Golfo de México. En medio de ello, una mujer batalla con los colores, la brocha, la paleta y los pinceles para expresarse en imágenes contra todos los desastres que la rodean. Habla de otra manera como lo hace el arte, la literatura. Es la barranquillera Vicky Neumann con su exposición en la Galería El Museo en Bogotá. Son veinte grandes cuadros de paisajes rasgados, heridos, rotos. Paisajes reelaborados con el fondo de maestros europeos y colombianos del siglo XIX que Vicky agrede, empleando para ello la libertad de los trazos infantiles; brochazos arbitrarios de colores brillantes que irrumpen en la estética serena de los pintores decimonónicos, pero que, al igual que con el mundo rural y urbano que nos rodea, ya nunca volverá a ser la misma. Lo hace sin nostalgia. Con fuerza y con realismo deja, en manchones coloridos las huellas drásticas de los daños irreparables, que a todos duelen.
Duelen como los relatos, en forma de esculturas o instalaciones, que llevaron a otra artista, Doris Salcedo, a recibir el gran Premio Velázquez de las Bellas Artes en Madrid, en el recién remodelado Museo del Prado, con Las Meninas como testigo. Doris, la artista que se ha hecho sentir en el mundo con su Grieta de 167 metros en la Tate Gallery de Londres o con las 13 sillas volantes que denuncian el caos o con su Atrabiliarias —un mural hecho de zapatos de mujer metidos en nichos y cubiertos por una fina película translúcida— o en la instalación Casa Viudas, donde los muebles lloran la pérdida de sus antiguos ocupantes aferrándose a huesos, a los restos de un vestido… Doris reconoce que no hace más que “tratar de articular la memoria de los vencidos, de las víctimas de la violencia colombiana. Mi obra rota alrededor de la experiencia de aquellos que habitan en la periferia de la vida, en el epicentro de las catástrofes. Para no reducir estas experiencias al silencio y a la soledad de la víctima traumatizada, dicha experiencia singular debe ser inscrita en un memorando, en una obra de arte”. Porque como ella dice, el arte es “la interrupción que nos permite sustraernos del huracán del progreso. Nos da tiempo para compadecernos del sufrimiento de aquellos que mueren mudos, inadvertidos y no escuchados”.
El de Doris Salcedo, el de Vicky Neumann, es un arte que emerge de la catástrofe contemporánea con un lenguaje, el de los creadores, que por evanescente que sea, resulta mucho más contundente y claro que los interminables y repetidos discursos políticos, que intentan en vano interpretar a la gente, sus temores y rabias, sus aspiraciones y sueños, que en la campaña electoral que terminó nos dejó agotados, saturados y sin ilusiones.