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Con la cruz a cuestas

06 de septiembre de 2009 - 07:18 p. m.

ESTA VEZ LLEGÓ SOLO, CON UNA cruz a cuestas. Su cruz.

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La cruz del dolor nacido de completar 12 años a la espera del regreso de su hijo Pablo Emilio, secuestrado el 21 de diciembre en 1997 durante la toma guerrillera a la base militar de Patascoy, en Nariño. Solo, con su cruz el profesor Gustavo Moncayo llegó después de 100 kilómetros de camino con la idea de crucificarse simbólicamente en la Plaza de Bolívar, pero las autoridades capitalinas finalmente lo depositaron en las puertas de la Iglesia del Voto Nacional, en donde con dificultad lo dejaron entrar. El profesor Moncayo parecía ya no ser el profesor Moncayo.

Han pasado cinco meses desde cuando las Farc anunciaron el 16 de abril que le entregarían a Piedad Córdoba al cabo Moncayo, las coordenadas para rescatar el cuerpo del mayor Julián Guevara y pruebas de supervivencia de los restantes cautivos. Hasta ahora sólo se conocieron las de nueve uniformados, la opinión pública anestesiada con la reelección presidencial y los escándalos que la acompañan, recibió con indiferencia. Ya ni siquiera el pulso de protagonismos entre la senadora Córdoba y el presidente Uribe que animó anteriores liberaciones amerita registro, como si la suerte de los secuestrados, tanto los reconocidos y publicitados como los anónimos desaparecidos en la selva, ya no importara. El paso de un tiempo monótono, sin resultados, va dejando su huella. La perversa huella del olvido. El profesor Moncayo debe extrañar cuando hace dos años pobladores de las regiones que recorría en su larga marcha de 2.510 kilómetros salían a expresarle su solidaridad. Logró entonces que el recuerdo de su hijo no muriera para el país, un recuerdo que hoy parece haberse quedado en su corazón, en medio de la indolencia colectiva.

La tragedia de los secuestrados ya no conmueve. Los relatos y testimonios, desde todos los ángulos que inundaron la Feria del Libro pasada, con sus degradantes descripciones de la crueldad de las Farc, ya no arrastra lectores. Sin embargo, el único que no puede olvidarse de ellos es el Presidente de la República, quien como gobernante tiene la llave de su libertad. Tiene en sus manos barajar fórmulas que permitan su liberación y detener tanto sufrimiento. ¿Por qué no consigue el Presidente separar las acciones humanitarias, y entender que éstas acompañan a todas las guerras, sin que esto signifique debilidad frente al enemigo? ¿No es suficiente el terreno que ha ganado, al lograr que las anteriores liberaciones hayan sido unilaterales, sin mediar despejes, ni canjes, ni ninguna de las condiciones guerrilleras que fueron obstáculo en el pasado?

Ni el Presidente ni los candidatos presidenciales muestran interés en este asunto, impopular e inhumanamente marchitado, como tampoco en el de la construcción de la paz, que debía ser la preocupación mayor de cualquier que aspire a gobernar a Colombia. Por el momento el nuevo foco de la rabia ciudadana y del énfasis mediático tiene un solo norte: Hugo Chávez Frías, que parece reemplazar en la tarea a las gastadas Farc. Al profesor Moncayo le quedan por el momento muchos días por delante en su solitario andar, con su penosa cruz a cuestas.

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