El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Confesiones antinavideñas

21 de diciembre de 2008 - 10:00 p. m.

CON LOS DÍAS ME SORPRENDO cada vez más de quienes logran gozarse la Navidad del jo-jo-jo del Papá Noel y de los villancicos.

PUBLICIDAD

De las novenas vueltas encuentros sociales y pretexto para convocar fiestas de empleados en las empresas, en las que en una tarde de música y trago se borran roces y rencores acumulados durante el año, y el doctor baila con la secretaria y el auditor resuelve convertirse en el cuentachistes de la reunión. Días de amigos secretos y reuniones plagadas de declaraciones de afecto, arrepentimientos y acercamiento de jefes autoritarios con empleados sumisos, pero sobre todo de promesas de año nuevo.

Lo digo, porque hago parte de este extraño grupo, de quienes nos aburre el espíritu navideño. Quienes no resistimos la alegría por decreto ni los regalos por obligación; las reuniones familiares forzadas de encuentros plagados de nostalgias calladas y celebraciones aprendidas. A quienes nos aburren las aglomeraciones en aeropuertos y terminales de transporte, las compras afanosas donde se reúnen grandes y pequeños. Una rutina carente de sorpresas que se repite en sus adornos, llegados ahora de la China, tan efímeras como la alegría de unas fiestas que han ido perdiendo su sentido y cuyo escenario principal son los centros comerciales, las catedrales del Siglo XXI a decir del Premio Nobel José Saramago.

Porque la Navidad cada día tiene menos que ver con la celebración y las tradiciones cristianas que le dieron su origen y sentido. Pocos son los niños y mucho menos los jóvenes que entienden su significado, y mucho menos las razones para reunirse alrededor del pesebre o las palabras y cánticos que se repiten en las novenas. El verde y el rojo, el pino y el Papá Noel de gorro y trineo, venados y paisajes nevados, llegados del norte, han arrasado como ícono navideño en un país tropical, que poco sabe de nieve y de estaciones.

No es tampoco un momento de reflexión, porque las lucecitas titilantes y la televisión llama a las compras. Porque antes de que todos los comerciantes del mundo se tomaran esta celebración, los regalos tenían su razón de ser en la tradición de los Reyes Magos. Eran escasos y escogidos, dirigidos especialmente a los niños, quienes los recibían con cierta ingenuidad cuando el factor sorpresa y la originalidad contaban más que el signo pesos. No era la feria de chucherías, porque los regalos los recibían quienes los merecían, a conciencia y con sinceridad, con agradecimiento y afecto y no por obligación o compromiso.

Ni qué decir de la nueva estética urbana construida con pesebres colgantes e iluminaciones callejeras. Una estética armada de hiperrealismo que contrasta con aquella iluminación sobria de millones de bombillas de colores en árboles, puentes y avenidas, con la que se iluminaba  hace años y con cierta austeridad las ciudades. 

Reconozco que no es fácil ir en contravía y escapar a la presión de júbilo colectivo. Mucho menos expresar sentimientos tan impopulares como éstos que me atrevo a hacer públicos, pero confieso que en el fondo lo que más me molesta de todo es el comportamiento borreguil en el que el individuo se disuelve y deja de existir para confundirse en esta masa amorfa y estandarizada, atrapada por la avalancha publicitaria y la agresividad de una sociedad que presiona con un consumo que no da tregua. ¡Qué mentirosa y falsa es la Navidad! Una Navidad que agobia… y que confieso me produce un insoportable aburrimiento.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias