Los impresionantes descalabros que afronta el mundo moderno en el terreno económico, ambiental y de los índices de desarrollo humano, por cuenta de las decisiones equivocadas de los supuestos sabios que, con sus inteligencias privilegiadas, estudiados y llenos de másteres y PhD, han llevado a hacerse muchas preguntas sobre el tipo de formación que se está dando y la valoración de una inteligencia de tipo racional.
Sobre las espaldas de los cacareados yuppies que desde los años 90 lograron que su arrogancia y ortodoxia tecnocrática reinaran en las decisiones macroeconómicas de los países desarrollados y subdesarrollados cae la responsabilidad de la debacle económica que ronda.
Los estudiantes de economía de la prestigiosa Universidad de Harvard acaban de realizar una protesta, a comienzos de noviembre, en el propio campus, “por el vacío intelectual y la corrupción moral y económica de gran parte del mundo académico, cómplices por acción u omisión en la actual crisis económica”. Los estudiantes se retiraron masivamente de la clase del conocido economista Gregory Mankiw, exasesor del presidente George W. Bush. “Nos estamos retirando de su clase este día, tanto para protestar por la falta de discusión de la teoría económica básica y su insistencia en presentar sólo una visión de las cosas, como para dar nuestro apoyo a un movimiento que está cambiando el discurso estadounidense sobre la injusticia económica, como es Occupy Wall Street”.
Quienes influyen sobre los hombres del poder, los tomadores de decisiones, no pueden seguir siendo técnicos que actúan como pequeños robots atorados de cifras y de datos por fuera de contexto, lejos de la realidad y sin consideración alguna de las consecuencias sobre la vida de los seres humanos. Empieza a revalorarse la importancia de volver a la formación humanística, a no fragmentar el pensamiento, a considerar la filosofía, la literatura, la antropología, el psicoanálisis, las artes como parte fundamental en la visión del mundo. De allí el rescate que ha empezado a dársele a la intuición y a la llamada inteligencia emocional como variables para desarrollar la capacidad de los individuos para interactuar, para relacionarse afectivamente y para tomar decisiones acertadas en situaciones cotidianas o más complejas asociadas incluso a la vida y la muerte.
El caso de Steve Jobs y la manera equivocada como asumió su enfermedad es un ejemplo de cómo la inteligencia no basta para tomar decisiones acertadas. Es la tesis que desarrolla el médico Pedro Rovetto, en una columna publicada en el portal www.kienyke.com, en la que se refiere al genio que revolucionó la vida moderna como un hombre inteligente, informado e insensato. Hace un interesante análisis, a partir de informes científicos y de su biografía, de los errores de Jobs en las decisiones sobre el tratamiento de su enfermedad, para concluir que este genio de los computadores desconoció que la enfermedad es verdaderamente el gran igualador de la humanidad y que lo mejor es enfrentarla no con excepcionalidad, sino como lo muestran experiencias anteriores de millones de personas. En ese crucial momento pesan más la humildad y la prudencia, rasgos de personalidad que no suelen acompañar a los hiperinteligentes, que siempre se sienten distintos. Steve Jobs murió convencido de que podía haber una mejor manera de hacer las cosas. Tristemente, a los 55 años.