El incidente del Bolillo, confirma que Colombia es un país en el que mandan los machos. Vivimos ochos años con la lógica del Ubérrimo, de patrones y vaqueros, de caballos y novillos, de mandamases y peones obedientes que llega imperativa desde los más altos niveles de poder, se ha tomado los espacios de la política, la toma de decisiones y la vida social en general.
Es un país donde el grito sustituye el diálogo, no se toleran fácilmente las diferencias ni las discusiones serenas, que han sido sustituidas por una polarización asfixiante. Se descalifica, se insulta y en los extremos se hace a un lado a quien no comparta ideas y posiciones. Se confunde la lealtad con el unanimismo. Esto ha llevado a que los debates sean estériles y no se logren los consensos necesarios por la vía del diálogo y el intercambio de ideas, sino por la imposición arrogante o el tráfico de dádivas e influencias. Se impone, sin atenuantes, la voluntad del más duro en la calle, en los negocios, en la política… Por esto saturan las bravuconadas y aburren hasta la saciedad los insultos radiales, las ofensas televisivas, la gritería bulliciosa que opaca los argumentos e interfiere cualquier reflexión civilizada.
El ambiente “a lo mero macho” en que nos hemos acostumbrado a vivir excluye el sentido de humanidad, de comprehensión, de búsqueda de entendimiento del otro, de sentimientos de solidaridad y apoyo que la mirada femenina de la vida aporta de manera fundamental. Y no se trata de feminismos recalcitrantes, ni de dicotomías elementales, sino de un equilibrio necesario que ha ido quedando borrado, anulado con su consecuente empobrecimiento de la condición humana.
Aunque es un comportamiento generalizado, en el lenguaje de la política y en el ejercicio del poder lleva a que el diálogo esté tan satanizado que hablar del proceso de paz remite de inmediato al fallido Caguán para regresar al mundo de los soldados y más armas, como si ahondar en la posibilidad de dialogar, indispensable para lograr una sociedad armónica, fuera señal de debilidad. Urge equilibrar la sociedad y colocar “lo mero macho” con toda su elementalidad en su justo lugar.
Es el momento de valorar otras miradas. Pensar en la silenciada cultura como fuerza articuladora de la sociedad colombiana. Atreverse a mirar nuevas variables e incluso referirse a aquello que constituye finalmente el propósito de cualquier gobernante: la construcción de una sociedad que les garantice a los ciudadanos los espacios y las condiciones para que se realicen como seres humanos y encuentren la manera de construir el camino hacia la felicidad. Reflexionar sobre estos temas no es debilidad, por el contrario, es saber mirar el mundo en su complejidad, más allá del dialéctica simplista del más duro y el más fuerte. Hablar de afecto, de dignidad, de respeto, de sueños y esperanzas, sin dejarse atrapar por el discurso simplista, elemental y ramplón, que permita vislumbrar un país rico y complejo, debería ser el eje de reflexión del país. Para que los Bolillos dejen de prevalecer.