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El adiós de un hombre humilde

02 de septiembre de 2012 - 06:00 p. m.

NO ES FÁCIL DESPEDIRSE DE LA VIda.

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Pero es aún más difícil saberse mortal. Sobre todo cuando se tiene poder y abundancia. Qué lección la que dan aquellos que conocen de la humildad y, sin confundirse, logran sacudirse vanidades y banalidades para asirse a lo esencial. Dejar a un lado pendejadas y pretensiones, y vivir con autenticidad. La sencillez que da la provincia. Guillermo Barney Materón fue eso, un hombre de provincia. Palmirano rebozante de sabiduría, formado con Peter Drucker, compartía conocimientos con ejecutivos pero también con los corteros de caña, con la gente del campo, con los que estaba cuando una isquemia cerebral se lo llevó a los 87 años.

Ocupó muchos cargos en el sector agropecuario a nivel nacional y en el local todos, en aquellos tiempos cuando el alcalde, el juez, el maestro y el cura eran las personas más respetables en los pueblos.

Pero no son los cargos por los que se recordará a Guillermo Barney. Se le recordará por su condición humana que quedó plasmada en el corto texto que tenía escrito para que se le leyera en su funeral. Una reflexión que cada quien debería tener preparada para cuando le llegue la hora, pero que requiere el esquivo valor que da la sinceridad. Esta fue su despedida: “¿Por qué quiero que me recuerden cuando me haya ido?

Porque fui un hombre honesto. Un hombre que creía en las ideas y en la creatividad de la gente. Porque fui generoso conmigo: siempre me rodeé de personas sinceras, trabajadoras y que aprendieron a creer en sí mismas. Porque cumplí. Porque no dejé de ser un hombre de campo ni un ejecutivo con ruana. Porque nunca dejé de sentirme orgulloso de mi origen y porque adoré lo que más pude a mis hijos, a mi nieto y a mi bisnieta. Porque siempre amé y respeté a mis sobrinos. Porque enseñando aprendía con los demás.

Porque no tuve miedo de nada, ni siquiera de equivocarme. Porque nunca dejé de ser curioso, ni de cultivar la historia ni la memoria. Porque fui un hombre feliz con olor a acema y pandebono. Porque fui un hombre desprendido y orgulloso de mi pobreza. Porque fui el más leal amigo y porque nunca ahorré esfuerzos ni entusiasmo ni amor para darle a Palmira.

Porque creo en el futuro, en la grandeza y generosidad de cada uno de ustedes (los que asistirían a su entierro). Y porque hoy le digo gracias a la vida por la hermosa oportunidad que me dio de ser Guillermo Barney Materón ¡Adelante!

Todo esto que dejé no lo puedo enterrar conmigo”.

Colombia estaba llena de hombres y mujeres como él. Se han ido yendo casi todos, dejando una estela que se va transformando en recuerdos dulces. Pero lo que ha quedado, de verdad, en estos tiempos es un torbellino de confusión, sin referencias ni convicciones ni principios por qué luchar. Un mundo, un país en el que abundan los personajes efímeros, de relumbrón y titulares, que cual veletas cambian por conveniencia. Esos son quienes deciden por todos. Y atropellan. Aquellos que muy seguramente no tienen un momento para detenerse a pensar: cómo quieren que los recuerden cuando se vayan. Porque abrumados por el poder y la arrogancia se sienten inmortales y eternos. ¡Pobre de ellos!

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