La obsesión de los gobernantes de creerse los únicos cuando llegan al poder, parece invencible. La vanidad los lleva a pensar que el mundo empieza con ellos, que en el pasado no hay más que errores y, cuando más, unos pocos aciertos.
Juan Manuel Santos no escapa a este comportamiento, conocido como el complejo de Adán. Es claro en su abordaje del nuevo proceso de paz.
¿Cómo es posible que conforme un equipo de negociadores sin las personas con el conocimiento acumulado de anteriores intentos de negociación con las Farc? Personas que conocen y son conocidas por las Farc, que tienen la experiencia que dejan los errores que pudieron llevar a fracasos como en los procesos de Casa Verde, Tlaxcala y El Caguán. Pero también los éxitos con el M-19, la Corriente de Renovación Socialista del Eln y sectores del Epl. Son colombianos que han interactuado con los comandantes guerrilleros, que conocen el libreto que estos llevan a las mesas y que poco o nada ha cambiado. En fin, saben del mundo sui géneris de la guerrilla, y para este caso de las Farc.
Los escogidos por Santos son, sin duda, funcionarios bienintencionados y muy comprometidos con la paz, pero novatos para enfrentar a unos comandantes guerrilleros curtidos, como pudo apreciarse en la rueda de prensa que dieron en La Habana. Saben lo que quieren y cómo moverse en la mesa.
El grueso del equipo negociador ampliado son funcionarios del gobierno Santos: Sergio Jaramillo era el alto consejero para el plan de consolidación, el general Óscar Naranjo fue el director de la Policía durante estos dos primeros años, Frank Pearl estrenó el Ministerio de Medio Ambiente, Alejandro Eder es el alto consejero presidencial para la reintegración, Elena Ambrosi se desempeña como directora de derechos humanos del Ministerio de Defensa, Lucía Jaramillo es asesora de la Presidencia y Jaime Avendaño es funcionario de la misma. Sin duda le dan la confianza que el presidente necesita, pero esto no basta.
El exgeneral Mora Rangel es una incógnita. Se espera que haya modificado el radicalismo negativo que tuvo cuando como comandante del Ejército en el proceso del Caguán, durante el gobierno Pastrana, tal como lo denunció el expresidente, y cuando antes que colaborar, dificultó los diálogos. Humberto de la Calle, el exvicepresidente de Ernesto Samper y exministro de Gobierno de César Gaviria, comprometido con la Constitución del 91, tampoco tiene la experiencia para liderar este equipo del que sólo dos de sus miembros, el presidente de la Andi, Luis Carlos Villegas, y Enrique Santos han participado indirectamente en procesos anteriores.
Ojalá Santos hubiera sabido combinar a este equipo de entusiastas funcionarios con experimentados negociadores, conocedores de las mañas y procedimientos de las Farc, para darle mayor amarre a la gestión negociadora. Ejemplos como el del exministro Álvaro Leyva, inexplicablemente condenado a la banca, desconociendo sus 30 años de búsqueda incesante de salidas hacia la paz en medio de riesgos e incomprensiones, planteando fórmulas para construir una propuesta con la guerrilla y ponerle fin al largo conflicto colombiano, muestra que son muchos los que podrían ayudar a avanzar de un manera cierta. Pero el complejo de Adán aparece de nuevo, no sólo como mal consejero, sino con su poder enceguecedor.