A SÓLO 10 DÍAS DE RECIBIR EL PREmio Nobel de Paz en Estocolmo, el presidente Barack Obama le informó al mundo, desde la emblemática escuela militar de West Point, su decisión de enviar a 30.000 muchachos más a reforzar la presencia armada de los Estados Unidos en Afganistan.
El plan es un asunto manido entre los estrategas militares: intensificar la guerra para terminarla. En el mismo discurso se comprometió a estar de salida del país invadido en año y medio.
Es difícil imaginar qué dirá al respecto en su discurso de aceptación del Nobel si se tiene en cuenta que el jurado premió precisamente lo contrario: el espíritu de la nueva diplomacia norteamericana basada en la persuasión y el respeto a los demás países y no en el poder de las armas, que parecería encarnar Barack Obama. El jurado fue claro en afirmar que premiaba más una esperanza que hechos o resultados; apostó a que esa nueva actitud política le abriera el camino a la paz en el Oriente Medio, al considerar que “todos los conflictos pueden resolverse y no hay excusas para permitir que se eternicen”.
La decisión de aumentar las tropas en Afganistan, la segunda que toma en su año de gobierno, estremeció y decepcionó a muchos de sus electores, especialmente jóvenes, quienes se estrenaron electoralmente con su voto por Obama. Pero también entre las voces independientes e influyentes, en la opinión pública calificada y entre los sectores más progresistas del Partido Demócrata que se la jugaron por la promesa electoral del retiro de las tropas de Irak, pero también por la esperanza de ver a su país relacionarse con el mundo de una manera diferente, sin la prepotencia de querer imponer sus intereses y su agenda geopolítica. Sin la arrogancia imperial, al buscar construir relaciones sobre la base del respeto a las diferencias culturales y políticas, y aún de sistemas económicos. Pero no, los reflejos mesiánicos que tomaron forma en la cruzada contra el mal en los tiempos de George W. Bush, todavía recorren los pasillos de Washington, especialmente en el Pentágono.
La decepción frente a Obama se expresó claramente en la carta abierta que le envió el famoso documentalista Michael Moore en la que le pide que no se deje arrinconar por la presión guerrerista de los círculos del poder de Washington, pues de hacerlo terminará matando la ilusión con el cinismo, con lo cual le confirmaría a sus jóvenes electores su prevención y rechazo a los políticos, vistos como un tropel de farsantes y oportunistas. Le ruega no dejarse llevar por el chantaje de los militares convirtiéndose en otro Presidente de la Guerra, que no olvide el campanazo de Wall Street, donde la codicia de unos pocos llevó al borde del abismo la economía mundial, desatando una crisis que mantiene aun en el asfalto a miles de familias en su país. Que los imperios nunca piensan que su final está cerca hasta que les llega.
La retórica puede con todo, pero el presidente Obama en un gesto de responsabilidad y pudor no debería recibir el próximo jueves el Premio Nobel de Paz. Simplemente hoy no se lo merece. Borró con el codo lo que escribió con la mano.