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El Mancuso que conocí

13 de mayo de 2012 - 08:00 p. m.

Lo único que tenía claro Salvatore Mancuso, cuando lo conocí en labor eminentemente periodística, en marzo de 2003.

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Entonces era directora de la revista Cromos y nos recibió en una finca en Tierralta. Allí estaba echado en una hamaca, camuflado, con el mundo a sus pies. Señaló su reloj con un gesto para recordar el retraso de la hora de la cita. Reafirmó que estábamos en su territorio. El territorio donde las Autodefensas Unidas de Colombia mandaban, y no el Estado. A pesar de su ilegalidad, para los monterianos era “el mono”, una especie de superhéroe admirado, al que se le arrodillaban con temor reverencial, con poder para quitar y poner en la vida social y política del departamento.

Su mascota era un tigrillo que se movía con elegancia y furia en una gran jaula. Su seguridad se la había entregado a una mujer joven que había formado parte de las filas enemigas: el Epl, la guerrilla derrotada por las Auc en la zona, inamovible como una estatua en las hirvientes llanuras de Córdoba. Un ambiente intimidante en medio de una cordialidad artificial en el que quedó claro que el diálogo sería off the record, como se dice en el argot periodístico.

Álvaro Uribe Vélez apenas completaba ocho meses de gobierno. Mancuso hablaba de un proceso de paz que estaba por llegar, ajustado a un libreto, que terminó cumpliéndose al centímetro y que claramente estaba pactado. A espaldas del país. Todo sonaba inverosímil. “Con Uribe coronamos”, dijo textualmente. Había razones para apoyarlo en más de un propósito común que empezaba por el férreo combate la guerrilla, sin importar el cómo. Lo dicho entonces, hace nueve años, coincide con algunas de las últimas afirmaciones hechas por Salvatore Mancuso, pero no con los planes de futuro que contemplaba.

Estábamos esa tarde en Tierralta, frente a un demente iluminado, armado, que negaba sus crímenes inmisericordes, el narcotráfico y la crueldad de las masacres que había ordenado. Se sentía un salvador al que el país debía rendirle pleitesía de la misma manera que lo hacían sus coterráneos cordobeses. Aspiraba llegar al Congreso, como en efecto lo logró dos años después cuando entró vestido a la moda, rodeado de amigos para pronunciar un discurso desafiante que se le devolvió como un búmeran. Quedaron en evidencia, con nombres y apellidos, buena parte de ese 30% de parlamentarios aliados que lo habían acompañado en su estrategia de manejo político y enriquecimiento económico, salpicado de narcotráfico y corrupción en las zonas controladas por las Auc. Ese día quedaron sentadas las bases para que la Corte Suprema iniciara el combate judicial de la llamada parapolítica, que aún no termina.

Pensaba entregar, como gran cosa, algunas tierras marginales de las miles de hectáreas acumuladas a sangre y fuego. Un año después ya en Ralito, donde celebró con timbales sus cuarenta años, aseguraba, aún más infatuado, que no pagaría un solo día de cárcel.

Los cálculos le fallaron. Mancuso está enterrado en una cárcel norteamericana pero mantiene, eso sí, intacta la retórica con la que intenta tapar los ríos de dolor y la frialdad frente a cada palabra que pronuncia con la que busca obtener algún beneficio personal. La gran diferencia es que el castillo de naipes se le derrumbó.

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