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El mito invencible

28 de julio de 2013 - 06:00 p. m.

¿Qué es, que ha sido Antioquia? ¿qué es ser antioqueño? Buscar darles respuesta(s) a esas viejas preguntas y desnudar mitos a ellas ligados, es el propósito de la ambiciosa exposición del Museo de Antioquia montada con ocasión del Bicentenario de la Independencia del departamento.

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Presenta clasificados como iconografía, gestualidades, sonoridades e imágenes escritas, expresiones representativas de los doscientos años de historia. El Museo que preside la animada plazoleta, antigua Plazuela Nutibara, con sus esculturas del maestro Fernando Botero, sigue siendo una isla de tranquilidad y estética en medio de un deteriorado sector del centro de Medellín, que a pesar de todos los esfuerzos aún no se recupera. El Museo mantiene presente el alma antioqueña a través de su rica colección de arte.

Para la muestra, titulada “Antioquías: diversidad de imaginarios e identidad”, se desempolvaron objetos, retratos, óleos de la colección del Museo y se integraron cuadros e instalaciones de artistas contemporáneos, todos marcados por la huella de la violencia. El tema recurrente, los despojados, las víctimas de la guerra, el olvido, la muerte, transformado en visiones estéticas que dejan la sensación que desde la famosa pintura “Horizontes”, de Francisco Antonio Cano de 1913, que recrea el espíritu de la colonización, un ícono de la cultura antioqueña, poco ha cambiado.

La exposición pretende romper clichés de “lo antioqueño” como mito homogenizador que niega la diversidad y el conflicto presentes permanentemente en el discurrir histórico de la región. Pero a pesar de la validez y conveniencia del propósito, no lo logra. La sobrevive el mito antioqueño, invencible, incólume. El de una raza antioqueña consolidada por las glorias del pasado, que escribe colectivamente una saga de adversidades sin límite y luchas sin cuartel. La de una supuesta raza invencible, que cae sólo para levantarse con tesón renovado para avanzar y remontar la cuesta, en su brega permanente con “la pelada sierra”, cantada con persistencia en diversos bambucos, hasta domarla y extraerle sus riquezas, empezando por el subsuelo y siguiendo con oro de sus ríos, los mazamorreros tan determinantes en la riqueza y la cultura antioqueña. Tierras pobres, ríos torrentosos, montañas abruptas y quebrados riscos conquistados por la tenacidad paisa que se le mide a un desafío existencial perenne. Que construyó una industria lejos de los mercados y de las materias primas, todo esto presente en la exposición. Esa idiosincrasia, que frecuentemente se confunde con rudeza, hoy encarnada políticamente en Álvaro Uribe, quien hizo de lo paisa una referencia innegable de la nacionalidad colombiana y confirmar como lo hace esta exposición: que la antioqueñidad es sin duda un mito invencible.

Adéndum:

Tuve el privilegio de disfrutar el documental La segunda oportunidad (The second chance), con el que el colombiano David Aristizábal logró la medalla de oro que otorga la Academia de las Artes y las Ciencias, la misma del Oscar para los estudiantes de cine. Una historia conmovedora de la realidad espeluznante de los miles de jóvenes veteranos de las guerras de Irak y Agfanistán que padecen estrés prostraumático, que ocasiona 18 suicidios diarios. Aristizábal basa su relato en el caso del infante de Marina Blade Anthony, veterano de Irak, quien termina salvado de la locura gracias a la relación con un perro que estaba abandonado en la perrera municipal. Una calidad que contrasta con los bodrios que nos obligan a ver como preludio de las películas en los cines colombianos.

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