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El perro, la gente

07 de febrero de 2011 - 01:00 a. m.

EN UNA PARED DEL MUSEO DE LA tertulia de Cali, permanecían colgadas 20 impactantes imágenes de tumbas de NN tomadas del cementerio de Puerto Berrío, en el Magdalena Medio antioqueño.

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En el muro blanco aparecían listados, sin puntos ni pausas, los nombres de 300 personas desaparecidas en el mismo puerto sobre el Magdalena. Hombres y mujeres. Tanto las tumbas como la lista de difuntos, interminable, fueron rescatadas del olvido por Juan Manuel Echavarría. Un artista que, como otros en Colombia, se ha propuesto no dejar que las estadísticas anestesien el repudio que debe producir la muerte, la violencia asesina.

La sala de exposición estaba sola. Sin público. Imágenes fuertes y contundentes que aún no consiguen conmover ampliamente. Como tampoco un sinfín que repetía dolorosos episodios que caían en el vacío. Poco importa la muerte en Colombia. Cifras neutras que alimentan estudios y análisis inútiles frente al único desafío que tendría sentido: lograr detener la cadena de violencia que no da tregua. Sí, poco importa la muerte en Colombia. Sobre todo la de los seres humanos.

Contrasta ese grito al vacío de la exposición en La Tertulia con la avalancha de jóvenes que el jueves pasado reaccionaron conmovidos frente al video que mostraba la crueldad con la que un policía mató, en medio de la mofa de tres compañeros, a un perro indefenso en Santander de Quilichao. El hecho sucedió en 2009, pero esta vez el paso del tiempo no menguó la indignación colectiva que movilizó en un par de horas a 20.000 muchachos en Facebook, quienes armaron un grupo de presión para pedir castigo a los asesinos del animal. Seis horas después, ya eran 50.000 los que clamaban por una sanción. La autoridad respondió con urgencia y premura. El general Naranjo identificó al patrullero de 28 años Misael Ruiz Quintero como el responsable y sin fórmula de juicio ordenó su retiro inmediato de la institución.

La movilización de repudio que generó la crueldad frente al perro indefenso —comportamiento por lo demás lamentable y vergonzoso— contrasta con la indolencia cotidiana frente a situaciones similares o peores con seres humanos. ¡Cuánta gente asesinada en indefensión, aterrorizada y humillada!  Los múltiples testimonios que dan cuenta de la violencia que se ha ejercido de manera individual y colectiva en esta larga y desalmada guerra, no han servido para generar la rabia y el repudio por parte de la sociedad, y en especial de los jóvenes, al país. Los que matan y los que mueren son muchachos como ellos. Un silencio desapacible los devora, contrario a la tenacidad expresada por el asesinato del perro. No es fácil de entender. Una reacción similar, y generalizada, le cambiarían el rumbo al país.

Adendum

Celebro el primer acto de reparación que el Estado hace a las víctimas de una masacre paramilitar. Once años después del desplazamiento de la comunidad Mampuján por las balas de Diego Vecino y Juancho Dique, 92 campesinos recuperaron sus solares para volver a habitar su pueblo. El siguiente paso será dotarlos de las parcelas de cultivo para que rehagan su vida y recuperen su autonomía y dignidad. En Montes de María despegó un proceso que el país urgía. ¡Enhorabuena!

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