No es fácil entender cómo el ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, no abogó para que el Gobierno apoyara la candidatura de José Antonio Ocampo para ocupar la presidencia del Banco Mundial.
El argumento resulta baladí: que Colombia se la había jugado por Angelino Garzón para la secretaría de la OIT y que difícilmente se podrían obtener dos posiciones de este nivel internacional. Pero la situación admite otra lectura que muestra que, por el contrario, lo que hay es una gran oportunidad.
Brasil, quien se rota con Colombia el asiento en la junta del Banco Mundial, fue quien tuvo la iniciativa de presentar la candidatura de Ocampo. Los brasileros saben de diplomacia y tienen claro que le había llegado el momento a los países emergentes y que un candidato como él podría resultar una carta ganadora frente a la exministra de Hacienda de Nigeria, Ngozi Okonjo-Iweala.
A diferencia del escenario de la OIT, el del Banco Mundial es distinto. Brasil busca liderar una ofensiva del bloque de los países emergentes —el llamado G11— para poner fin a un acuerdo tácito entre europeos y norteamericanos que, desde la creación del Banco y del Fondo Monetario Internacional, establece que al primero lo presida un norteamericano y al segundo un europeo. La persona de Ocampo, con su reconocida trayectoria como economista, con amplia experiencia en desarrollo económico con perspectiva social, sería el representante de estos nuevos actores económicos en el Banco Mundial. Sin embargo, su propio país, Colombia, del que nunca se ha desligado y donde ha sido ministro de Hacienda, de Agricultura y director de Planeación, no pareció entender el significado de la iniciativa y no le dio el apoyo al Brasil para que procediera con la inscripción.
Sin embargo, la importancia de lograr esa posición era clara para otros jefes de Estado de países emergentes; y actuaron. Leonel Fernández, el presidente de República Dominicana, que por su parte aspira a que su nombre sea considerado para la Secretaría General de las Naciones Unidas, dio el paso. Y a pocas horas de cerrarse las inscripciones en Washington el viernes pasado, presentó el nombre de Ocampo.
El colombiano entró a formar parte de un abanico de sólo tres nombres: el médico salubrista y académico del desarrollo Jim Yong Kim como candidato de Obama, la exministra nigeriana Okonjo-Iweala, y el colombiano, quien actualmente es profesor en Columbia y miembro de un grupo de trabajo de alto nivel, hombro a hombro con Stiglitz, cuyo objetivo es ayudar a los países a prevenir y mitigar futuras crisis. Ha sido además director de la Cepal y subsecretario general de la Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Sociales.
Se esperaría que en este escenario el gobierno Santos diera señales claras y que al ministro de Hacienda, Echeverry, se le ocurriera todo, menos atravesársele o estorbar en una aspiración que le conviene al país, a las regiones y al posicionamiento internacional de Colombia. Porque por el momento la situación es como de Ripley: un colombiano que puede llegar a ser la cabeza del Banco Mundial, que cuenta con el respaldo del bloque de países del G11 y frente a cuya candidatura su país de origen mantiene un inexplicable silencio. ¡Ésta es Colombia!