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Ídolos con pies de barro

29 de septiembre de 2013 - 05:00 p. m.

Juan Luis Panelo vivió en Colombia a a finales de los setenta, pocos años pero suficientes para dejar huella.

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Creció en el corazón del Franquismo, en medio de privilegios, como hijo de Leopoldo Panero, uno de los poetas junto con Luis Rosales, más cercanos al régimen. En Londres, en Madrid, en la casona de Astorga, en León. Entornos familiares y vitales en los cuales se formó y alimentó el que sería su sello personal, un espíritu libertario y rabioso. 

Pero no fue un contestatario trivial. Ese espíritu animaría sus actuaciones y llenaría sus palabras de fuerza, haciéndolo contundente con una poesía que empleó como arma para desnudar el mito y al hombre que éste esconde. ¿Qué relación hay entre un hombre y el mito que ese hombre encarna?, se preguntaba su admirado André Malraux e igual a Panero, y con ella, su afán por desenmascarar el poder y los poderosos.

Los pateó rabioso, con un verbo preciso e incisivo, hasta despojarlos del oropel que los envuelve, de las ínfulas que se dan, de sus falsas pretensiones. Reducía el relumbrón del poder a su verdadera dimensión —efímera, fugaz, mezquina—. Y a los ídolos, a los grandes personajes universales, a su realidad, con pies de barro, atrapados en las desgracias propias de la condición humana. Penetraba la intimidad de los fracasos que todo ser humano guarda; situaciones que terminan por igualar a los seres humanos, a los grandes y famosos, con los humildes. 

Recreó a André Malraux en su poema La condición humana, tomando el té con su esposa Louise de Vilmoran en el Chateau de Verrieres, acosado por recuerdos amargos de malos momentos, como cuando recibió la noticia de la muerte de sus dos hijos en un accidente automovilístico. Ya no era el aventurero en Indochina y China o el resistente a la invasión nazi a Francia o luego el ministro y confidente de Charles de Gaulle en la construcción de la V República. Panero dibuja un Malraux cansado, hinchado por el alcohol, con su rostro descompuesto por los tics, las manos temblorosas. Solo y derrotado por el paso del tiempo.

A Napoleón lo sitúa a la hora del almuerzo en su exilio de Santa Helena. El llamado a la mesa interrumpe sus pensamientos donde se confunden sus triunfos con el “recuerdo del invierno en París, el blanco helado del Neva que llegó con un gesto, apenas perceptible de cansancio”.

Similar tratamiento le da a uno de sus autores preferidos, por decadente quizás, Scott Fitzgerald, a quien coloca en el ocaso de su éxito prematuro; insomne y sin dinero, despreciado por los editores, acorralado por las cuentas sin pagar del manicomio donde Zelda, su mujer, habría de morir. 

La misma dosis de realismo y escepticismo que les aplicó a los demás se la aplicó a sí mismo. Esperó la muerte, que le llegó hace un par de semanas, en Gerona, donde vivió sus últimos años esperándola quizá con el desasosiego del atroz paso de los años que le pesó desde siempre. “La vida no es un juego, debiste comprenderlo, y si hay algo muy claro es que has envejecido/ Confórmate y aguanta, y no pidas milagros/ que el vodka te acompañe al silencio y al sueño/. A los pies de tu cama, como una perra en celo, la muerte, servicial, te da las buenas noches”. Y así fue.

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