EL FANTASMA DE LAS FARC NI SE rinde ni se desvanece. Hasta hace pocas semanas era presentada al país como una organización derrotada, acorralada y aislada en la selva, presa de rencillas internas y traiciones, próxima a su desintegración. Sobreviviendo, a juicio de los asesores de Palacio y de la cúpula militar, como una banda de bandoleros. El parte triunfalista hablaba de que sus días estaban contados por cuenta de la victoria militar de la seguridad democrática.
En los últimos días el discurso dio un giro de 180 grados. Aparecen ahora las Farc con el vigor necesario para estar presentes simultáneamente en las movilizaciones sociales que con inusitada fuerza han estallado en el país en las últimas semanas. Según el nuevo discurso oficial, la hasta ayer derrotada guerrilla tendría hoy la capacidad para infiltrar y orientar la protesta social en curso. Como el Ave Fénix, parecen haber renacido de sus cenizas para infiltrarse en el paro de los corteros de caña del Valle del Cauca, en el de los jueces y en el de los indígenas del Cauca.
Este último señalamiento para descalificar las demandas de los indígenas, del que participa el Presidente, la directora del DAS, los comandantes del Ejército y la Fiscalía, riñe con la realidad y con la historia. Los enfrentamientos a muerte de las Farc con los indígenas, especialmente con los aguerridos paeces, son de siempre. Ambos se recelan. Las Farc con su cartilla stalinista no reconocen diferencias étnicas ni el legítimo derecho de los pueblos a su autonomía territorial, política y cultural, razón de ser de la causa indígena. Desde mediados del año sus organizaciones habían anunciado para octubre, mes de aniversario de la conquista española y del sometimiento de los pueblos aborígenes, la realización de marchas para hacerse oír nuevamente y exigir el cumplimiento de entrega de tierras adquirido por el gobierno de Virgilio Barco, hace ya 20 años.
Este Gobierno padece de un reflejo condicionado que lo lleva a descalificar, casi que en automático, cualquier protesta social, que de inmediato señala como subversiva, asociada a la guerrilla. Sataniza la protesta y logra una reacción ciega de miedo y de rechazo entre la gente. Así, las movilizaciones ciudadanas, a excepción de las convocadas para protestar contra el secuestro, terminan perseguidas y estigmatizadas, y sus dirigentes convertidos en la encarnación del mal y del antipatriotismo.
Movilizarse y expresarse pública y colectivamente se ha vuelto una amenaza para la sociedad. Una realidad preocupante de una débil democracia que convierte las expresiones de oposición o de disenso en peligros sociales de las que hay que defenderse, como una manera de anular al contrario y ahogar en un mar de equívocos y mentiras unas luchas sociales que merecen el respeto que les otorga la Constitución.
Queda entonces la inquietud por saber si es cierto que las Farc están tan derrotadas y prácticamente en desbandada, o si conservan la capacidad suficiente para organizar, infiltrar o dirigir movilizaciones masivas, como se dice últimamente. Una preguntica que reclama una respuesta clara, para entender la situación real del conflicto interno, y determinante a la hora de acariciar el presidente Uribe su tercer período.