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La amenaza Savonarola

01 de abril de 2012 - 08:00 p. m.

Alonso Salazar, el popular exalcalde de Medellín, le puso distancia a su ciudad. Vive ahora en Bogotá.

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Tal vez, sin que lo diga, para ponerle distancia física y emocional a la ingratitud. Después de haber concebido y construido con Sergio Fajardo el proyecto político que le arrebató Medellín a la trinca de los partidos tradicionales que se la turnaban en las elecciones para, como en el ping-pong, pelotearse la burocracia y el presupuesto necesarios para alimentar y conservar el poderío local.

Salazar debió levantar el vuelo para intentar, imagino, pasar el trago amargo de la desproporcionada sanción que le impuso la Procuraduría, inhabilitándolo 12 años para ejercer cargos públicos, por supuesta intervención indebida en política. Con “la rabia que da la impunidad disciplinaria y penal con sectores políticos de esta región (Antioquia) y mucha celeridad para juzgarnos a otros”, como dijo escuetamente cuando conoció el penoso fallo de la procuradora delegada para la Vigilancia Preventiva de la Función Pública.

El rostro de un Alonso Salazar en una de las obras de teatro del Festival Iberoamericano, triste y melancólico pero lleno de dignidad, contrasta con la imagen rabiosa y vengativa de la procuradora delegada María Eugenia Carreño a la hora de señalarlo, con saña y casi que con crueldad, como si se tratara de un peligro, una amenaza para la sociedad. Atacaba, como una mujer poseída, al exalcalde a través de un extensísimo memorial, leído en el tono de los juicios sumarios de la Inquisición. Carreño representó el papel de un Savonarola desbocado, que es ya rutinario en la cúpula de los funcionarios de la Procuraduría que se sienten con la obligación de imitar servilmente el estilo de su jefe Alejandro Ordóñez, quien se ve a sí mismo liderando una cruzada por la moralidad pública, entendida ésta en sus términos. Funcionarios con un poder descomunal, y sin atenuantes, pues los recursos legales a disposición de sus acusados —muchos, incluso, víctimas—, son ante el mismo ente acusador. Ello les da un poder ilimitado para definir la suerte y honra de funcionarios públicos, cuyo destino está en las manos de personajes aturdidos y ensoberbecidos por el poder ilimitado del que disponen.

Me reafirmo en la convicción de que en el país ha hecho carrera un verdadero sicariato judicial que en medio de la polarización y la radicalidad reinante, que nada logran apaciguar, resulta un arma efectiva para suprimir diferencias de ideas, posturas y posiciones políticas. Una manera retorcida y sucia de anular y callar al contrincante. Y lo logran.

En tiempos como éstos, de asombro repulsivo y de aturdimiento de la conciencia, nada mejor que refugiarse en la literatura. Dejar a los contemporáneos destrozándose en sus pequeñas batallas, inútiles casi siempre. Sumergirse en un buen libro para intentar entender el alma humana, desde otra perspectiva, con distancia y algo de razón. Buen descanso en estos días, eso sí con una buena lectura a la mano, para despejar el espíritu y tomar aliento.

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