LA IGLESIA CATÓLICA, CON EL PAPA Benedicto XVI a la cabeza junto a los miles de sacerdotes que se tomaron los púlpitos en la pasada Semana Santa en pueblos y ciudades del mundo, desaprovecharon la posibilidad para lanzar un Mea Culpa, con la sinceridad que piden en las confesiones, por los actos de pedofilia de algunos clérigos. Perdieron la oportunidad de orientar a partir del error.
Estos delitos sexuales, repudiables como los que más, son aún más graves cuando los implicados son pastores y guías espirituales que se han aprovechado de esa circunstancia para violentar a niños y adolescentes. El rechazo social que genera este delito abusivo y cobarde es tan profundo, que explica en el nivel doméstico colombiano la altísima votación, la segunda del país, que obtuvo Gilma Jiménez para el Senado, como un reconocimiento a su lucha tenaz por lograr la penalización de los violadores de niños en Colombia.
El papa Benedicto XVI debería dar ejemplo y aceptar sus errores y los de su iglesia. No insistir en pretender desconocer evidencias fácticas que lo llevaron a silenciar delitos sexuales cometidos por clérigos en Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, en aras de defender la institucionalidad eclesiástica, sumiéndola y sumiéndose en un verdadero fango de doble moral, en contravía de la ética. Permitió como obispo que no se les impusiera a los sacerdotes-delincuentes ni siquiera las sanciones de los tribunales eclesiásticos, ni hablar de la justicia civil —como debía ser—, con lo que habría contribuido a evitar que se repitieran esos comportamientos atroces en el futuro. Fueron muchos los casos de abusos que entre 1981 y 2005 pasaron por el escritorio del entonces prefecto cardenal Ratzinger, según denuncia el gran teólogo alemán Hans Kung.
El cardenal envió el 18 de mayo de 2001 una ceremoniosa epístola (Epistula de delictis gravioribus) a los obispos del mundo en la que se refería a los graves delitos sexuales que determinó clasificar como “secreto pontífice” (secretum Pontificium), cuya violación está penada con el castigo eclesiástico. Su posición no ha variado un ápice, el hoy Papa sigue atrapado en el secretismo clerical sin asumir responsabilidad alguna, como sucede también con cardenales como Darío Castrillón, quien en la misma actitud defensiva, no duda en justificar el deplorable comportamiento sacerdotal con las debilidades de cualquier hombre, lamentándose por las críticas sin capacidad de autorreflexión alguna, como lo hizo en la entrevista que le dio a Ángela María Janiot para CNN en español.
Razón tiene el teólogo Kung cuando responsabiliza al celibato de esta doble moral frente a los “pecados de la carne”. No ve salida distinta a su abolición para poder transformar la postura tensa de la Iglesia católica respecto a la sexualidad por una más natural en la que la soltería célibe sea una opción libre e individual y no una imposición institucional sin apoyo alguno en la doctrina ni en los textos. El Papa tiene la llave para enterrar tanta hipocresía y abrir la compuerta que le permita a la Iglesia humanizarse, sintonizarse con su tiempo y permitir incluso que las mujeres puedan ordenarse. Todos ganarían.