El Museo Nacional de Colombia en Bogotá le abrió sus puertas a la primera parada de la exposición itinerante de Débora Arango, antes de llegar con sus pinturas a Nueva York, Carolina del Norte y California.
Ahí está su exposición bautizada Sociales, en el mismo lugar donde hace más de cincuenta años sus cuadros llenos de fuerza revolcaron las conciencias pacatas de la sociedad bogotana. Y también la de Medellín, que se atrevió incluso a pedirle a la Iglesia que la censurara, siendo Débora una mujer de misa diaria.
Nada la detuvo. Decidió enfrentar el torbellino parroquial con afirmaciones convincentes: “El arte, como manifestación cultural, nada tiene que ver con los códigos de moral. El arte no es amoral ni inmoral. Su órbita no intercepta ningún postulado ético”. Y se negó a cubrir con velos a sus mujeres parturientas, arrugadas, envejecidas, embarazadas, abandonadas, maternidades que rompían la estética subliminal de la pintura decorativa de la época, de bellos retratos de bodegones y paisajes. “Un desnudo no es más que la naturaleza sin disfraces; es un paisaje en carne humana”, explicaba para dignificar su trabajo, con el que introdujo por primera vez en el arte colombiano una pintura naturalista y sin tapujos, centrada en la representación detallada y no idealizada del cuerpo.
Pero no sólo desnudó el cuerpo humano. Desnudó la sociedad de su época. Dibujó escenas callejeras, en el manicomio, en el matadero municipal, la vida nocturna en los bares de mala muerte. “La vida, como toda fuerza admirable, no puede apreciarse jamás entre la hipocresía y el ocultamiento de las capas sociales. Veo en todos los rostros humanos pasión y paganismo”. La sátira alcanzó al clero. Llena de malicia se metió en los conventos y pintó hermanas de la caridad, monjas intelectuales, místicas, vírgenes, y pintó retratos llenos de ironía y sátira, logrando un cuadro sublime y lleno de gracia de un puñado de religiosas alrededor de un pájaro enjaulado que tituló Las monjas y el cardenal.
La política claramente no podía resultarle ajena. Conmovida por los sucesos trágicos del 9 de abril y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, quien como ministro de Educación la había invitado unos años antes a exponer en el Museo Nacional de Bogotá, tomó los pinceles para dejar un crudo testimonio de la violencia que vivía el país, causando nuevamente un estremecimiento social. Inauguró una etapa marcada por la crítica política. Cuadros como Masacre del 9 de abril, La salida de Laureano, El tren de la muerte, El cementerio de la chusma o mi cabeza, Melgar, La república, La danza, Junta militar, y muchos más, donde los protagonistas son militares, armas, sangre, gallinazos, calaveras, animales feroces, batracios, dejaron una huella dura, inquisidora y crudamente realista que generó y aún genera rechazo, en un país acomodado en la desmemoria.
Nunca hizo concesiones frente a su manera de ver el mundo y por eso prefirió encerrarse en su casa finca de Envigado, donde permaneció aislada, pintando para sí misma. No hizo exposiciones, se reservó del bullicio exterior para poder seguir anclada en sus certezas: “No me preocupé por nada… yo simplemente fui pintando, pintando, registrando los hechos…”, como pocos lo saben hacer. Hasta lograr una contundencia que hoy produce admiración.