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La madre Laura y los versos de Sigifredo López

12 de mayo de 2013 - 06:00 p. m.

Lo de menoes es la canonización de la madre Laura, lo de más es el reconocimiento público de una vida ejemplar.

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 Laura Montoya Upegui logró imponerse en un mundo machista gobernado por curas arrogantes y fanáticos como monseñor Builes, quien la persiguió sin tregua desde su obispado en Santa Rosa de Osos hasta forzarla a punta de sermones calumniosos, que atemorizaron a los padres de familia, a cerrar su colegio en Medellín. Le hicieron la guerra los curas Carmelitas y Eudistas porque se les metió en el territorio de sus misiones en las selvas de Dabeiba, a donde la madre Laura llegaba en unas heroicas travesías a caballo, en canoa, a pie, a convencer con su causa religiosa.

En la Edad Media, Laura Montoya habría terminado en la hoguera. Era esotérica, realizaba pactos con las culebras para que a sus monjas, las ‘Lauritas’, nunca las atacara una víbora —como dicen, sucedió— y su poder de sanación le daba para curar graves enfermedades. Un don que combinado con la fuerza de la catequización produjo unos resultados misionales que la Iglesia Católica le reconoce con su canonización romana. Cubierta por el hábito, lo que había era una mujer de avanzada para su época, educada en el Colegio María de Yarumal con el método de María Montessori. Fue amiga de Tomás Carrasquilla y contertulia de los intelectuales de la época, que desde una perspectiva laica, de lo que se trata es de una pionera del feminismo en Colombia, sin discurso pero con muchos actos.

***

Lo olvidamos todo. Olvidamos lo que pudo haber sido permanecer años de terror y agonía en la selva, secuestrados en el torbellino demencial de la guerra, sometidos a unos seres dominados por instintos animales, como ocurre con muchos de los guerrilleros de las Farc. Como ocurrió con alias Grillo cuando, aturdido por su propio miedo y con su crueldad desbocado, ordenó: “asesínelos a todos y vámonos”; la orden fatal de la que se salvó el exdiputado de Valle Sigifredo López.

Olvidamos las semanas del deambular demencial por una jungla espesa y húmeda donde no llega el sol. Olvidamos los vejámenes, los abusos, la infamia que padecieron ahogados por la desesperanza cientos de colombianos secuestrados, hasta que nuevamente alguien se atreve a recordárnoslo, como hace Sigifredo López en su libro Rescatado por la poesía.

“Lodo helado que nubla la razón. De lodo helado es esta guerra que avergüenza la memoria”, dice en uno de los versos de los cien poemas que construyó con una cadena al cuello para vencer el odio, para dignificarse frente a la humillación. Poemas que debió memorizar porque los guerrilleros le arrebataron los cuadernos de páginas húmedas y arrugadas en los que garrapateó palabras y más palabras. Unos mejores que otros, como en todo libro de poemas, los versos de Sigifredo López son una puerta de entrada a ese miserable mundo en el que “la mente es cautiva del delirio y el rostro se pierde en el horror” que ojalá nunca nadie vuelva a padecer en Colombia.

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